martes, 24 de agosto de 2010

ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE -IV-


IV. La otras dos preguntas - si mientras estamos tratando un conflicto instintivo podemos proteger a un paciente de futuros conflictos y si es factible y fácil con fines profilácticos investigar un conflicto que no es manifiesto en el momento - deben ser tratadas juntas, porque, evidentemente la primera tarea sólo puede ser realizada en tanto se lleva a cabo la segunda - es decir, en cuanto un posible conflicto futuro es convertido en un conflicto actual sobre el cual se puede influir -. Este nuevo modo de presentar el problema es, en el fondo, sólo una ampliación del primero. Mientras en el primer ejemplo consideramos cómo proteger contra la reaparición del mismo conflicto, estudiamos ahora cómo proteger contra su posible sustitución por otro conflicto. Este parece un propósito muy ambicioso, pero todo lo que pretendemos es poner de manifiesto qué límites existen para la eficacia de la terapéutica psicoanalítica. Aun cuando nuestra ambición terapéutica se halla tentada a emprender tales tareas, la experiencia rechaza la posibilidad de hacerlo. Si un conflicto instintivo no es actualmente activo, no se manifiesta, no podemos influir sobre él ni aun con el psicoanálisis. El aviso de que deberíamos dejar tranquilos a los perros que duermen, que tantas veces hemos oído en relación con nuestros esfuerzos por explorar el mundo psíquico profundo, es particularmente inadecuado si se aplica a la vida psíquica. Porque si los instintos están produciendo trastornos, ésta es la prueba de que los perros no duermen; y si realmente parecen estar durmiendo, no se halla en nuestras manos el poder despertarlos. Sin embargo, esta última afirmación no parece ser totalmente exacta y precisa una discusión más detallada. Consideremos los medios de que disponemos para transformar un conflicto instintivo que se halla por el momento latente en otro actualmente activo.

Evidentemente, sólo podemos hacer dos cosas. Podemos producir situaciones en las que el conflicto se haga activo o podemos contentarnos con discutirlo en el análisis y señalar la posibilidad de que surja. La primera de estas dos alternativas puede realizarse de dos maneras: en la realidad o en la transferencia - en cualquiera de los dos casos exponiendo al paciente a una cierta cantidad de sufrimiento real por la frustración y el represamiento de la libido -. Es verdad que nosotros ya usamos una técnica de esta clase en nuestro método analítico ordinario. ¿Qué significa, si no, la regla de que el análisis debe realizarse «en un estado de frustración». Pero es una técnica que usamos para tratar un conflicto actualmente activo. Intentamos llevar ese conflicto a una culminación desarrollarlo hasta el máximo para aumentar la fuerza instintiva de que se pueda disponer para su solución. La experiencia psicoanalítica nos ha enseñado que lo mejor es siempre enemigo de lo bueno y que en cada fase de recuperación del paciente hemos de luchar contra su inercia, que en seguida se contenta con una solución incompleta.

Si, sin embargo, lo que pretendemos es un tratamiento profiláctico de los conflictos instintivos que no son actualmente activos, sino meramente potenciales, no será bastante el regular los sufrimientos que ya se hallan presentes en el paciente y que no puede evitar. Deberíamos estar dispuestos a provocar en él nuevos sufrimientos; y esto, hasta ahora y con plena razón, lo hemos dejado en manos del Destino. De todas partes nos reprocharían el intentar sustituir al Destino si sujetáramos a las pobres criaturas humanas a estos crueles experimentos. ¿Y qué clase de experimentos habrían de ser? Con propósitos de profilaxis, ¿podríamos tomar la responsabilidad de destruir un matrimonio satisfactorio o de aconsejar al paciente que abandonara un empleo del que depende su subsistencia? Afortunadamente, nunca nos encontramos en situación de tener que considerar si tales intervenciones en la vida real del paciente están justificadas; no poseemos los plenos poderes que serían necesarios, y el sujeto de nuestro experimento terapéutico rehusaría con seguridad el cooperar en él. Entonces en la práctica tal proceder queda virtualmente excluido; pero, además, existen objeciones teóricas. Porque el trabajo de análisis progresa mejor si las experiencias patógenas del paciente pertenecen al pasado, de modo que su yo pueda hallarse a una cierta distancia de ellas. En los estados de crisis aguda el psicoanálisis no puede utilizarse con ningún propósito.

Todo el interés del yo está absorbido por la penosa realidad y se retira del análisis, que es un intento de penetrar bajo la superficie y descubrir las influencias del pasado. El crear un nuevo conflicto sería solamente hacer más largo y más difícil el trabajo psicoanalítico. Se nos dirá que estas observaciones son completamente innecesarias. Nadie piensa en conjurar de propósito nuevas situaciones de sufrimiento para hacer posible el tratamiento de un conflicto instintivo latente. No podría alardearse mucho de esto como de un logro profiláctico. Sabemos, por ejemplo, que un paciente que ha curado de la escarlatina está inmune para una recaída en la misma enfermedad; pero a ningún médico se le ocurre tomar a una persona que puede enfermar de escarlatina e infectarle tal enfermedad para inmunizarla contra ella. La medida protectora no ha de producir la misma situación de peligro que crea la enfermedad misma, sino solamente algo mucho más leve, como en el caso de la vacunación contra la viruela y otros muchos procedimientos semejantes. En la profilaxia psicoanalítica, por tanto, contra conflictos instintivos los únicos métodos que pueden ser considerados son los otros dos que hemos mencionado: la producción artificial de nuevos conflictos en la transferencia (conflictos a los que después de todo, les falta el carácter de realidad) y la presentación de conflictos reales en la imaginación del paciente hablándole acerca de ellos y familiarizándole con su posibilidad.

No sé si podemos afirmar que el primero de estos procedimientos atenuados se halla excluido del psicoanálisis. En esta dirección no se han hecho experimentos especiales. Pero las dificultades que se presentan no arrojan una luz muy prometedora sobre tales empresas. En primer lugar, las posibilidades de tal situación en la transferencia son muy limitadas. Los pacientes no pueden llevar por sí mismos todos sus conflictos a la transferencia, ni el psicoanalista puede concitar todos sus posibles conflictos instintivos a partir de la situación transferencial. Puede provocar sus celos o hacerles experimentar decepciones en amor, pero para producir esto no se requiere un propósito técnico. Estas cosas suceden por sí mismas en la mayor parte de los análisis. En segundo lugar, no debemos pasar por alto el hecho de que todas las medidas de esta clase obligarían al psicoanalista a conducirse de un modo inamistoso con los pacientes, y esto tendría un efecto perturbador sobre la actitud afectiva - sobre la transferencia positiva -, que es el motivo más fuerte para que el paciente participe en el trabajo común del psicoanálisis. Así, no habríamos de esperar mucho de este procedimiento.

Esto nos deja abierto solamente un método - el que probablemente fue el único que primitivamente se tuvo en cuenta -. Le hablamos al paciente acerca de las posibilidades de otros conflictos instintivos y provocamos la expectación de que tales conflictos puedan aparecer en él. Lo que esperamos es que esta información y esta advertencia tendrán el efecto de activar uno de los conflictos que hemos indicado en un grado moderado y, sin embargo, suficiente para el tratamiento. Pero esta vez la experiencia habla con una voz clara. El resultado esperado no aparece. El paciente oye nuestro mensaje, pero no hay respuesta. Puede pensar: «Esto es muy interesante, pero no siento la menor traza de ello». Hemos aumentado su conocimiento, pero no hemos alterado nada en él. La situación es la misma que cuando la gente lee trabajos psicoanalíticos. El lector resulta «estimulado» solamente por aquellos pasajes que siente que se aplican a él mismo; esto es, que conciernen a conflictos que son activos en él en aquel momento. Todo lo demás le deja frío. Podemos tener experiencias análogas, pienso, cuando damos a los niños una aclaración sexual. Me hallo lejos de mantener que esto sea una cosa perjudicial o innecesaria, pero está claro que el efecto profiláctico de esta medida liberal ha sido grandemente hipervalorado. Después de esta aclaración los niños saben algo que antes no sabían, pero no utilizan los nuevos conocimientos que se les han facilitado. Incluso llegamos a ver que no tienen prisa por sacrificar a estos nuevos conocimientos las teorías sexuales, que podrían ser descritas como un crecimiento natural, y que ellos mismos han construido en armonía y dependencia con su organización libidinal imperfecta - teorías acerca del papel desempeñado por la cigüeña, respecto a la naturaleza del contacto sexual y sobre el modo cómo se hacen los niños -. Mucho tiempo después de haber recibido la aclaración sexual se comportan igual que las razas primitivas que han recibido la influencia del cristianismo, pero continúan adorando en secreto sus viejos ídolos.
Sigmund Freud
Continúa.

lunes, 23 de agosto de 2010

ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE -III-


III. Una experiencia psicoanalítica que ahora se extiende a algunas décadas y un cambio realizado en la naturaleza y en el modo de mi actividad me animan a intentar contestar las cuestiones que se nos presentan. En la primera época traté una gran cantidad de pacientes, quienes, como era natural, querían ser curados con la máxima rapidez posible. En los últimos años me he dedicado, sobre todo, a análisis didácticos; un número relativamente pequeño de casos graves siguieron conmigo para un tratamiento continuado, interrumpido, sin embargo, por intervalos más o menos largos. En ellos la meta terapéutica ya no era la misma. No se trataba de acortar el tratamiento, el propósito era agotar radicalmente las posibilidades de enfermedad y poner de manifiesto una alteración profunda de su personalidad. De los tres factores que hemos reconocido como decisivos para el éxito del tratamiento psicoanalítico - la influencia de los traumas, la intensidad constitucional de los instintos y las alteraciones del yo-, el que nos concierne aquí es sólo el segundo, la fuerza de los instintos. Una reflexión momentánea provoca la duda de si el uso restrictivo del adjetivo «constitucional» (o «congénito») es esencial. Por muy verdad que sea que el factor constitucional es de importancia decisiva desde el comienzo, puede concebirse, sin embargo, que un refuerzo del instinto que aparezca tardíamente en la vida pueda producir los mismos efectos. Si fuera así, abríamos de modificar nuestra fórmula y decir la «intensidad de los instintos en el momento», en lugar de la «fuerza constitucional de los instintos». La primera de nuestras preguntas era: ¿es posible resolver por medio de la terapéutica psicoanalítica un conflicto entre un instinto y el yo, o el causado por una demanda instintiva patógena al yo, de un modo permanente y definitivo? Para evitar malentendidos tal vez no resulte innecesario explicar más exactamente que queremos decir al hablar de «resolver de un modo permanente una exigencia instintiva». Ciertamente, no el hacer desaparecer la demanda de modo que nada se vuelva a oír de ella nunca. Esto es, en general, imposible, y tampoco es en absoluto deseable.

Con ello queremos decir algo completamente distinto algo que puede ser descrito grosso modo como una «domesticación» del instinto. Es decir, el instinto es integrado en la armonía del yo, resulta accesible a todas las influencias de los otros impulsos sobre el yo y ya no intenta seguir su camino independiente hacia la satisfacción. Si se nos pregunta por qué métodos y medios se logra este resultado, no es fácil encontrar una respuesta. Solamente podemos decir: So muss denn doch die Hexe dran - la metapsicología de las brujas -. Sin una especulación y ciertas teorizaciones - casi diría «fantasías» - metafísicas, no daremos otro paso adelante. Por desgracia, aquí, como en otras partes, lo que nuestra bruja nos revela no es ni muy claro ni muy detallado. Sólo tenemos una única pista para empezar - aunque es una pista del mayor valor -: la antítesis entre los procesos primarios y secundarios, y en este punto he de limitarme a señalar esta antítesis. Si ahora volvemos a nuestra primera pregunta, encontramos que nuestro nuevo enfoque nos lleva inevitablemente a un conclusión peculiar. La pregunta era si es posible resolver un conflicto instintivo de un modo permanente y definitivo, es decir, «domeñar» una exigencia instintiva de este modo.

Formulada en estos términos la pregunta no hace mención de la intensidad del instinto pero es precisamente de esto de lo que depende el resultado. Partamos de la suposición de que lo que el análisis logra en los neuróticos no es más que lo que las personas normales llevan a cabo por sí mismas sin ayuda. Sin embargo, la experiencia diaria nos enseña que en una persona normal cualquier solución de un conflicto instintivo sólo resulta buena para una particular intensidad del instinto o, mejor dicho, sólo para una cierta relación entre la intensidad del instinto y la fuerza del yo. Si ésta disminuye, sea por enfermedad o fatiga o por alguna otra causa parecida, todos los instintos que han sido hasta entonces domeñados con éxito pueden renovar sus exigencias y tender a obtener satisfacciones sustitutivas por caminos anormales. La prueba irrefutable de esta afirmación se halla suministrada por nuestros ensueños nocturnos, reaccionan a la actitud asumida por el yo durante el sueño con un despertar de demandas instintivas. La otra porción del material (la fuerza de los instintos) es igualmente evidente. Dos veces en el curso del desarrollo individual ciertos instintos resultan considerablemente reforzados: en la pubertad, y en las mujeres, en la menopausia. No nos sorprende en absoluto que una persona que no ha sido antes neurótica se convierta en tal en esas épocas. Cuando sus instintos no eran tan fuertes, conseguía dominarlos; pero cuando están reforzados, no logra hacerlo. La represión actúa como los diques contra el empuje del agua. Los mismos efectos producidos por esos dos refuerzos fisiológicos del instinto pueden aparecer de un modo irregular por causas accidentales en cualquier otro período de la vida. Estos refuerzos pueden presentarse por traumas recientes, frustraciones forzadas o por la influencia colateral de unos instintos sobre otros. El resultado es siempre el mismo y subraya el poder irresistible del factor cuantitativo en el origen de la enfermedad.

Pienso que debería avergonzarme de una exposición tan prolija, teniendo en cuenta que todo lo que he dicho es desde hace tiempo conocido y evidente por sí mismo. Realmente, siempre nos hemos comportado como si supiéramos todo esto; pero, en general, nuestros conceptos teóricos han descuidado el conceder la misma importancia al enfoque económico que a las concepciones dinámicas y topográficas. Por tanto, mi excusa es que estoy llamando la atención sobre este descuido. Antes de decidirnos por una respuesta a esta pregunta hemos de considerar una objeción cuya fuerza reside en el hecho de que probablemente nos hallamos predispuestos en su favor. Nuestros argumentos, se dirá, están todos deducidos de los procesos que se realizan espontáneamente entre el yo y los instintos y presuponen que la terapéutica psicoanalítica nada puede lograr que, en condiciones favorables y normales, no ocurra por sí mismo. Pero ¿es esto realmente así? ¿No proclama precisamente nuestra teoría que el análisis produce un estado que nunca tiene lugar en el yo espontáneamente y que este estado creado de nuevo constituye la diferencia esencial entre una persona que ha sido psicoanalizada y otra que no lo ha sido?

Pensemos en sobre qué se basa esta afirmación. Todas las represiones tienen lugar en la primera infancia; son medidas defensivas primitivas tomadas por el yo inmaduro y débil. En años posteriores no aparecen nuevas represiones, pero persisten las antiguas y el yo continúa utilizándolas para domeñar los instintos. Los nuevos conflictos son solucionados por lo que llamamos «represión posterior». Podemos aplicar a estas represiones infantiles nuestra afirmación general de que la represión depende absoluta y enteramente de la intensidad relativa de las fuerzas que participan y que no puede mantenerse cuando aumenta la intensidad de los instintos. Sin embargo, el psicoanálisis permite al yo que ha alcanzado mayor madurez y fuerza emprender una revisión de esas antiguas represiones; unas pocas son destruidas, mientras otras son reconocidas, pero reconstruidas con un material más sólido. Estos nuevos diques son de un grado de firmeza muy distinto al de las primeras, podemos confiar en que no cederán tan fácilmente ante un aumento de la fuerza de los instintos. Así, el verdadero resultado de la terapéutica psicoanalítica sería la corrección subsiguiente del primitivo proceso de represión, una corrección que pone fin al predominio del factor cuantitativo.

Hasta aquí, pues, nuestra teoría, a la que no podemos renunciar a no ser bajo una compulsión irresistible. ¿Y qué tiene que decir sobre esto nuestra experiencia? Tal vez no sea todavía lo bastante amplia para que podamos llegar a una conclusión definitiva. Confirma nuestras expectaciones con bastante frecuencia pero no siempre. Tenemos la impresión de que no deberíamos sorprendernos si al final encontramos que la diferencia entre la conducta de una persona que no ha sido psicoanalizada y la de otra después de haberlo sido no es tan completa como intentamos realizarla ni como lo esperamos y como afirmamos que ha de ser. Si esto es así, significaría que el análisis logra a veces eliminar la influencia de un aumento del instinto, pero no invariablemente, o que el efecto del psicoanálisis se halla limitado a aumentar el poder de resistencia de las inhibiciones de modo que equilibren exigencias mucho mayores que antes del análisis o si éste no hubiera tenido lugar. Realmente no puedo adoptar una decisión en este punto ni sé si en los momentos actuales es posible. Existe, sin embargo, otro ángulo desde el cual podemos enfocar el problema de la variabilidad de los efectos del psicoanálisis.

Sabemos que el primer paso para obtener el dominio intelectual de lo que nos rodea es descubrir las generalizaciones, reglas y leyes que ponen orden en el caos. Al hacer esto simplificamos el mundo de los fenómenos; pero no podemos evitar falsificarlo, especialmente si nos ocupamos en procesos de desarrollo y de cambio. Lo que nos interesa es discernir una alteración cualitativa, y corrientemente al hacerlo descuidamos, por lo menos en el comienzo, un factor cuantitativo. En el mundo real las transiciones y los estadios intermedios son mucho más comunes que los estados opuestos, claramente diferenciados. Al estudiar los desarrollos y los cambios dirigimos nuestra atención únicamente al resultado; pasamos fácilmente por alto el hecho de que tales procesos son corrientemente más o menos incompletos es decir, que - en realidad son sólo alteraciones parciales -. Un agudo escritor satírico de la vieja Austria, Johann Nestroy , dijo una vez: «Cada paso adelante es sólo la mitad de largo de lo que parece al principio». Es tentador atribuir una validez general a esta frase maliciosa. Casi siempre quedan fenómenos residuales, una secuela parcial. Cuando un generoso mecenas nos sorprende por algún rasgo aislado de mezquindad o cuando una persona que es siempre muy amable incurre súbitamente en una acción hostil, estos «fenómenos residuales» son de gran valor para la investigación genética.

Nos muestran que esas loables y preciosas cualidades se hallan basadas en la compensación y en la sobrecompensación, la cual no ha tenido el éxito absoluto y completo que habíamos esperado. Nuestra primera idea de la evolución de la libido era que una fase primitiva oral daba paso a otra fase sádico-anal y que ésta a su vez era seguida por una fase fálico-genital. La investigación posterior no ha contradicho estos puntos de vista, pero los ha corregido al añadir que esas sustituciones no tienen lugar repentinamente, sino de un modo gradual, de modo que siempre persisten fragmentos de la antigua organización al lado de la más reciente, y aun en la evolución normal la transformación nunca es completa, y en la configuración final pueden persistir todavía residuos de fijaciones libidinosas anteriores. Lo mismo se ve en campos completamente diferentes. De todas las creencias erróneas y supersticiosas de la Humanidad, que se supone que han sido superadas, no existe ninguna cuyos residuos no se hallen hoy entre nosotros, en los estratos más bajos de los pueblos civilizados o en las capas superiores de la sociedad culta. Lo que una vez ha llegado a estar vivo se aferra tenazmente a conservar la existencia. A veces nos sentimos inclinados a dudar de si los dragones de los tiempos prehistóricos están realmente extintos.

Aplicando estas observaciones a nuestro problema presente, pienso que la respuesta a la pregunta de cómo explicar los variables resultados de nuestra terapéutica psicoanalítica podría ser que cuando pretendemos sustituir las represiones, que son inseguras, por controles sintónicos con el yo no siempre conseguimos nuestras aspiraciones en su plenitud -es decir, no lo logramos por completo-. Hemos obtenido la transformación, pero con frecuencia sólo parcialmente: fragmentos de los viejos mecanismos quedan inalterados por el trabajo analítico. Es difícil probar que esto ocurre realmente así, porque no tenemos otro camino para juzgar lo que sucede que el resultado que estamos intentando explicar. Sin embargo, las impresiones que se obtienen durante el trabajo analítico no contradicen esta suposición; más bien parecen confirmarla. Pero no debemos tomar la claridad de nuestra comprensión como una medida de la convicción que producimos en el paciente. Podríamos decir que a su convicción puede faltarle «profundidad»; esto es, que siempre depende del factor cuantitativo, que tan fácilmente se pasa por alto. Si ésta es la contestación correcta a nuestra pregunta podemos decir que el psicoanálisis, al pretender curar las neurosis por la obtención del control sobre el instinto, tiene siempre razón en la teoría, pero no siempre en la práctica. Y esto porque no en todos los casos logra asegurar en un grado suficiente las bases sobre las que se asienta el control de un instinto. La causa de este fracaso parcial se descubre fácilmente.

En el pasado, el factor cuantitativo de la fuerza instintiva se oponía a los esfuerzos defensivos del yo; por esta razón hemos llamado en nuestra ayuda al psicoanálisis, y ahora aquel mismo factor pone un límite a la eficacia de este nuevo esfuerzo. Si la fuerza del instinto es excesiva, el yo maduro, ayudado por el análisis, fracasa en su tarea de igual modo que el yo inerme fracasó anteriormente. Su control sobre el instinto ha mejorado, pero sigue siendo imperfecto, porque la transformación del mecanismo defensivo es sólo incompleta. No hay en esto nada sorprendente en cuanto el poder de los instrumentos con los que opera el psicoanálisis no es ilimitado, sino que se halla restringido, y la irrupción final depende siempre de la fuerza relativa de los agentes psíquicos que luchan entre sí. No hay duda que es deseable el acortamiento de la duración del tratamiento psicoanalítico, pero sólo podemos lograr nuestro propósito terapéutico aumentando el poder del análisis para que llegue a auxiliar al yo. La hipnosis pareció ser un excelente instrumento a estos efectos, pero son bien conocidas las razones que nos llevaron a abandonarla. Y no se ha hallado todavía un sustituto para ella. Desde este punto de vista podemos comprender cómo un maestro del psicoanálisis como Ferenczi dedicó los últimos años de su vida a experiencias terapéuticas que, por desgracia, resultaron vanas.
Dr. Sigmund Freud.
Continúa.

domingo, 22 de agosto de 2010

ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE -II-

Cuadro: "Blanca extranjera". Miguel Oscar Menassa

II. La discusión del problema técnico de cómo acelerar el lento progreso de un análisis nos lleva a otra cuestión más profundamente interesante: ¿Existe algo que pueda llamarse terminación natural de un análisis? ¿Existe alguna posibilidad de llevar un análisis hasta este final? si se juzga por el lenguaje corriente de los psicoanalistas, parecería que debe ser así, porque con frecuencia les oímos decir, cuando deploran o excusan las reconocidas imperfecciones de algún mortal: «Su análisis no estaba terminado», o «Nunca llegó a ser analizado hasta el final». Antes que nada hemos de decidir qué se quiere decir con la frase ambigua «el final de un análisis». Desde un punto de vista práctico es fácil contestar. Un análisis ha terminado cuando el psicoanalista y el paciente dejan de reunirse para las sesiones de análisis. Esto sucede cuando se han cumplido más o menos por completo dos condiciones: primera, que el paciente no sufra ya de sus síntomas y haya superado su angustia y sus inhibiciones; segunda, que el analista juzgue que se ha hecho consciente tanto material reprimido, que se han explicado tantas cosas que eran ininteligibles y se han conquistado tantas resistencias internas, que no hay que temer una repetición de los procesos patológicos en cuestión. Si dificultades externas impiden la consecución de esta meta, es mejor hablar de un análisis incompleto que de un análisis inacabado.

El otro significado de «terminación» de un análisis es mucho más ambicioso. En este otro sentido lo que preguntamos es si el analista ha tenido una influencia tal sobre el paciente que no podrían esperarse mayores cambios en él aunque se continuara el análisis. Es como si fuera posible obtener por medio del psicoanálisis un nivel de normalidad psíquica absoluta - un nivel que confiáramos en que había de permanecer estable -, como si hubiéramos logrado resolver cada una de las represiones del paciente y llenar todas las lagunas de su memoria. Primeramente debemos consultar nuestra experiencia para saber si tales cosas ocurren realmente y entonces volver a nuestra teoría para descubrir si existe alguna posibilidad de que esto suceda. Todo analista ha tratado unos pocos casos que han tenido este satisfactoria resultado. Ha logrado hacer desaparecer los trastornos neuróticos que no ha reaparecido ni han sido reemplazados por ningún otro. No dejamos de tener algunos conocimientos sobre los determinantes de estos resultados. El yo del paciente no había sido visiblemente alterado y la etiología de su trastorno era esencialmente traumática. Después de todo, la etiología de cualquier trastorno neurótico es mixta. O bien ocurre que los instintos son excesivamente intenso es decir, recalcitrantes a ser domesticados por el yo , o bien es el resultado de traumas prematuros que el yo inmaduro fue incapaz de dominar.

Por lo común existe una combinación de ambos factores: el constitucional y el accidental. Cuanto más intenso es el factor constitucional, más fácilmente llevará un trauma a una fijación y dejará detrás un trastorno del desarrollo; cuanto más intenso es el trauma, con tanta mayor seguridad se manifestarán sus efectos perjudiciales aun cuando la situación instintiva sea normal. No hay duda de que una etiología traumática ofrece un campo más favorable para el psicoanálisis. Solamente cuando un caso es de origen predominantemente traumático podrá hacer el psicoanálisis lo que es capaz de hacer de un modo superlativo; sólo entonces, gracias a haber reforzado el yo del paciente, logrará sustituir por una solución correcta la inadecuada decisión hecha en la primera época de su vida. Solamente en tales casos se puede hablar de que un análisis ha terminado definitivamente. En ellos el psicoanálisis ha hecho todo lo que debería y no tiene que ser continuado. Es verdad que si el paciente que ha sido curado nunca produce otro trastorno que necesite psicoanálisis, no sabemos hasta qué punto su inmunidad no es debida a un hado benéfico que le ha ahorrado tormentos demasiado graves.

Una intensidad constitucional del instinto y una alteración desfavorable del yo adquirida en la lucha defensiva en el sentido de que resulte dislocado y restringido, son los factores perjudiciales para la eficacia de un análisis y pueden hacer su duración interminable. Estaríamos tentados a hacer al primer factor - intensidad del instinto - responsable a su vez de la emergencia del segundo - la alteración del yo -; pero parece que el último tiene también una etiología propia. Y realmente debemos admitir que nuestro conocimiento de estas materias es todavía insuficiente. Sólo ahora llegan a convertirse en objetos del estudio psicoanalítico. En este campo el interés del análisis me parece que se halla mal orientado. En lugar de investigar cómo se realiza una curación por el psicoanálisis (una cuestión que creo que ha sido ya suficientemente elucidada), la pregunta debería referirse a cuáles son los obstáculos que se hallan en el camino de tal curación. Esto me lleva a tratar dos problemas que se derivan directamente de la la práctica psicoanalítica, como espero demostrar con los siguientes ejemplos: Un hombre que se había autoanalizado con gran éxito llegó a la conclusión de que sus relaciones con los hombres y las mujeres - con los hombres que eran sus competidores y con las mujeres a las que amaba - no se hallaban libres de alteraciones neuróticas, y como consecuencia se sometió al psicoanálisis por otra persona a quien consideraba como superior a él .

Esta iluminación crítica de sí mismo tuvo un pleno éxito. Se casó con la mujer a la que amaba y se convirtió en amigo y maestro de sus supuestos rivales. Muchos años pasaron de esta manera, durante los cuales sus relaciones con su psicoanalista permanecieron sin nubes. Pero entonces, por razones no apreciables exteriormente, se presentaron conflictos. El hombre que había sido psicoanalizado se hizo antagonista del analista y le reprochó que no había logrado hacerle un análisis completo. El analista, según él, debería haber sabido y haber tenido en cuenta el hecho de que una relación transferencial nunca puede ser puramente positiva; debería haber prestado atención a las posibilidades de una transferencia negativa. El psicoanalista se defendió diciendo que en la época del análisis no había signos de transferencia negativa. Pero si no había sabido descubrir algún ligero signo de ella - lo cual no había que descartar, si se consideraba el limitado horizonte del psicoanálisis en aquella primera época -, resultaba dudoso, pensó, que hubiera podido activar un tópico (o, como decimos nosotros, un «complejo») sólo mencionándolo en cuanto no era activo en el paciente en aquel momento. Ciertamente el activarlo habría requerido algún modo de conducta desagradable por parte del analista. Además, añadió, no toda buena relación entre un analista y su paciente durante y después del análisis ha de considerarse como una transferencia, porque existen también relaciones amistosas que están basadas en la realidad y que resultan viables.

Paso ahora a mi segundo ejemplo, que plantea el mismo problema. Una mujer soltera, ya no joven, había vivido aislada desde la pubertad por una incapacidad para caminar debida a grandes dolores en las piernas. Su estado era claramente de naturaleza histérica y había desafiado a muchos tipos de tratamiento. Un psicoanálisis que duró tres cuartas partes de un año hizo desaparecer el trastorno y devolvió a la paciente, una persona excelente y bien dotada, su derecho a participar de la vida. En los años que siguieron a su curación fue continuamente infortunada. Hubo desastres y pérdidas financieras en su familia, y conforme se fue haciendo más vieja, vio desaparecer cualquier esperanza de felicidad basada en el amor y en el matrimonio. Pero la ex inválida se enfrentó con todo valientemente y fue un apoyo para su familia en los tiempos difíciles. No puedo recordar si fue doce o catorce años después de su análisis cuando, por sufrir profusas hemorragias, hubo de someterse a un examen ginecológico. Se encontró un mioma que aconsejó la práctica de una histerectomía total. A partir de la operación la mujer enfermó de nuevo. Se enamoró del cirujano, incurrió en fantasías masoquistas acerca de los terribles cambios sufridos en su interior - fantasías con las que ocultaba su romance - y se mostró inaccesible a un posterior intento de psicoanálisis. Siguió siendo anormal hasta el fin de su vida. El tratamiento psicoanalítico se realizó hace tanto tiempo que no podemos esperar demasiados esclarecimientos basados en él; se hizo en los primeros años de mi trabajo como psicoanalista. No hay duda de que la segunda enfermedad de la paciente pudo surgir de la misma fuente que la primera, que había sido tratada con éxito, puede haber sido una manifestación diferente de los mismos impulsos reprimidos que el análisis había resuelto sólo incompletamente. Pero me siento inclinado a pensar que, a no haber sido por el nuevo trauma, no hubiera aparecido una nueva irrupción de la neurosis.

Estos dos ejemplos, que han sido seleccionados de intento entre un gran número de otros similares, bastarán para iniciar una dicusión de las cuestiones que estamos considerando. El escéptico, el optimista y el ambicioso los considerarán de muy diferente manera. El primero dirá que se halla comprobado ya que aún un tratamiento analítico seguido de éxito no protege al paciente, que en el momento ha quedado curado, de caer más tarde enfermo con otra neurosis - o realmente de una neurosis derivada de la misma raíz instintiva - es decir, de una recurrencia de su antiguo trastorno. Los otros considerarán que esto no ha sido demostrado. Objetarán que los dos ejemplos datan de los primeros tiempos del psicoanálisis, de hace veinte y treinta años, respectivamente, y que desde entonces hemos adquirido una comprensión más profunda y un conocimiento más amplio y que nuestra técnica ha cambiado de acuerdo con nuestros nuevos descubrimientos. Hoy, dirán, podemos pedir y esperar que un tratamiento psicoanalítico dé resultados permanentes, o por lo menos que si un paciente recae, su nueva enfermedad no resultará una reviviscencia de su primitivo trastorno instintivo, que se manifiesta de una forma nueva. Nuestra experiencia, mantendrán, no nos obliga a restringir tan materialmente las demandas que pueden hacerse a nuestro método terapéutico.

Mi razón para elegir estos dos ejemplos es, desde luego, precisamente que se hallan tan alejados en el pasado. Resulta evidente que cuanto más reciente es el resultado satisfactorio de un análisis, menos utilizable resulta para nuestra discusión, puesto que no podemos predecir cuál será la historia que sigue al restablecimiento. Las expectaciones del optimista presuponen claramente un número de cosas que no son precisamente evidentes por sí mismas. Suponen, en primer lugar, que realmente existe una posibilidad de solucionar un conflicto instintivo (o, más correctamente, un conflicto entre el yo y un instinto) definitivamente y para siempre; en segundo lugar, que mientras estamos tratando a alguien por un conflicto instintivo, podemos, de la manera que sea, inmunizarlo contra la posibilidad de cualquier otro conflicto de ese tipo, y en tercer lugar, que podemos, con propósitos de profilaxis, resolver un conflicto patógeno de esta clase que no se manifiesta en el momento por ninguna indicación y que es aconsejable hacerlo así. Presento estos problemas sin proponerme contestarlos ahora. Tal vez no sea posible actualmente dar una respuesta segura a ninguno de ellos. Probablemente puede proyectarse alguna luz sobre esto mediante consideraciones teóricas. Pero otro punto se presenta con claridad: si deseamos satisfacer las mayores exigencias con la terapéutica psicoanalítica, nuestro camino no nos llevará a un acortamiento de su duración.


Dr. Sigmund Freud.

Continúa

sábado, 21 de agosto de 2010

ANÁLISIS TERMINABLE E INTERMINABLE -I-


I. La experiencia nos ha enseñado que la terapéutica psicoanalítica - la liberación de alguno de los síntomas neuróticos, inhibiciones y anormalidades del carácter - es un asunto que consume mucho tiempo. Por ello ya desde el principio se han hecho intentos para abreviar la duración del análisis. Tales intentos no requieren justificación y es evidente que se basan en imperativas consideraciones de razón y de conveniencia. Pero probablemente se hallaba latente en ellos un trasunto de la impaciente curiosidad con la que la ciencia médica de los primeros días consideraba a las neurosis, pensando que eran la consecuencia de invisibles heridas. Y si era necesario atenderlas, había que hacerlo lo más rápidamente posible. Un intento especialmente enérgico en esta dirección fue realizado por Otto Rank a partir de su libro El trauma del nacimiento (1924). Este autor suponía que la verdadera fuente de las neurosis es el acto del nacimiento, ya que éste lleva consigo la posibilidad de que una «fijación primaria» del niño hacia la madre no sea superada y persista como una «represión primaria». Rank esperaba que si este trauma primario era tratado en un subsiguiente análisis, la neurosis podría quedar completamente resuelta.

Así, esta pequeña parte del trabajo analítico ahorraría la necesidad del resto. Y esto podía realizarse en pocos meses. Es indiscutible que el argumento de Rank era prometedor e ingenioso, pero no resistió la prueba de un examen crítico. Más bien fue un producto de su tiempo, concebido bajo la presión del contraste entre la miseria de la postguerra en Europa y la prosperity de América, y diseñado para adaptar el tempo de la terapéutica analítica a la prisa de la vida americana. No hemos oído mucho acerca de lo que ha conseguido la innovación de Rank en casos de enfermedad. Probablemente no más que si una brigada de bomberos, llamada para acudir a una casa en llamas a consecuencia de la caída de una lámpara de aceite, se conformase con retirar la lámpara de la habitación en que se inició el fuego. No hay duda de que por este medio se hubiesen abreviado considerablemente las actividades de los bomberos. La teoría y la práctica del experimento de Rank son cosas que pertenecen al pasado, lo mismo que la propia prosperidad americana. Yo había adoptado otro modo de acelerar un tratamiento psicoanalítico ya antes de la guerra. En aquel tiempo había tomado a mi cargo el caso de un joven ruso, un hombre a quien la riqueza había echado a perder y había llegado a Viena en un estado de completo derrumbamiento, acompañado por un médico y un enfermero. En el curso de unos años fue posible devolverle una gran parte de su independencia, despertar su interés por la vida y ajustar sus relaciones con las personas que más le interesaban. Pero entonces la mejoría se detuvo.

No pudimos ir más lejos en el esclarecimiento de su neurosis de la infancia, en la cual se había basado su enfermedad posterior, y resultaba claro que el paciente encontraba muy cómoda su actual posición y no sentía ningún deseo de adelantar un paso más que le acercara al fin de su tratamiento. Era un caso en el que el tratamiento se inhibía a sí mismo; se encontraba al borde del fracaso como resultado de su éxito - parcial -. En esta situación eché mano del procedimiento heroico de fijar un límite de tiempo para el análisis. Al comenzar el trabajo de un año informé al paciente de que ése sería el último de su tratamiento, cualquiera que fuera el resultado en el tiempo acordado. Al principio no me creyó, pero en cuanto se convenció de que hablaba en serio apareció el cambio deseado. Sus resistencias cedieron y en los últimos meses fue capaz de reproducir todos los recuerdos y descubrir todas las relaciones que parecían necesarias para la comprensión de su neurosis precoz y para dominar la actual. Cuando me dejó, en el verano de 1914, sin sospechar, como el resto de nosotros, lo que había de suceder enseguida, creí que su curación era radical y permanente.

En una nota añadida a la historia clínica de este paciente en 1923 ya señalaba yo que me había equivocado. Cuando hacia el final de la guerra volvió a Viena como refugiado y en la miseria, tuve que ayudarle a dominar una parte de la transferencia que no había quedado resuelta. Esto se llevó a cabo en unos pocos meses, y pude completar mi nota adicional diciendo que «desde entonces el paciente se ha sentido normal y se ha comportado sin llamar la atención, a pesar de que la guerra le despojó de su hogar, de sus posesiones y de toda su familia y amigos». Quince años han pasado sin desmentir la verdad de esta aserción, pero resultan necesarias ciertas reservas. El paciente ha permanecido en Viena y ha conservado un lugar, aunque humilde, en la sociedad. Pero durante este período algunas veces su estado de buena salud ha sido interrumpido por episodios patológicos que solamente podían ser comprendidos como emanaciones de su perenne neurosis. Gracias a la habilidad de una de mis alumnas, la doctora Ruth MacBrunswick, un tratamiento breve ha llevado a buen fin cada una de estas alteraciones. Espero que la doctora MacBrunswick informará acerca de los detalles. Alguno de estos episodios se hallaban todavía relacionados con restos de la transferencia, y cuando ocurría esto, aunque eran cortos, mostraban un carácter claramente paranoide. Sin embargo, en otros episodios el material patógeno consistía en fragmentos de la historia de la infancia del paciente que no habían salido a la luz cuando yo le analizaba y que ahora se expulsaban - la comparación es inevitable - como los puntos de sutura después de una operación o pequeños fragmentos de un hueso necrosado. Me parece que la historia de la curación de este paciente es por lo menos tan interesante como la de su enfermedad.

Posteriormente he empleado también en otros casos esta fijación de un límite de tiempo y he tenido asimismo en cuenta la experiencia de otros psicoanalistas. Solamente puede existir un veredicto acerca del valor de este chantaje: es eficaz con tal que se haga en el momento oportuno. Pero no puede garantizar el cumplimiento total de la tarea. Por el contrario, podemos estar seguros de que mientras parte del material se hará accesible bajo la presión de esta amenaza, otra parte quedará guardada y enterrada como antes estaba y perdida para nuestros esfuerzos terapéuticos. Porque una vez que el analista ha fijado el límite de tiempo, no puede prolongarlo; de otro modo, el paciente perdería la fe en él. El camino más claro para el paciente sería continuar su tratamiento con otro analista, aunque sepamos que este cambio llevará consigo una nueva pérdida de tiempo y el abandono de los resultados de un trabajo ya realizado. Tampoco puede establecerse una regla general en cuanto al momento oportuno en que ha de utilizarse este recurso técnico; la decisión ha de dejarse al tacto del psicoanalista. Un error de cálculo no puede ser rectificado, debiendo aplicarse aquí el dicho de que un león sólo salta una vez.

(Continuará)
Sigmund Freud
*Cuadro: Hasta encontrar en este movimiento. - Miguel Oscar Menassa-

martes, 17 de agosto de 2010

PROLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN de EL CAPITAL. Karl Marx. - 1867 -


PROLOGO A LA PRIMERA EDICIÓN


La obra cuyo primer volumen entrego al público constituye la continuación de mi libro Contribución a la crítica económica política, publicado en 1859. El largo intervalo que separa el comienzo de esta obra y su continuación fue debido a una larga enfermedad que vino a interrumpir continuamente mi labor.
En el capítulo primero del presente volumen se resume el contenido de aquella obra. Y no simplemente por razones de ilación e integridad. La exposición de los problemas ha sido mejorada. Aquí aparecen desarrollados, en la medida en que lo consentía la materia, muchos puntos que allí no hacían más que esbozarse; en cambio, algunas de las cosas que allí se desarrollaban por extenso han quedado reducidas aquí a un simple esquema. Se han suprimido en su totalidad, naturalmente, los capítulos sobre la historia de la teoría del valor y del dinero. Sin embargo, el lector de aquella obra encontrará citadas en las notas que acompañan el primer capítulo nuevas fuentes sobre la historia de dicha teoría.
Aquello de que los primeros pasos son siempre difíciles, vale para todas las ciencias. Por eso el capítulo primero, sobre todo en la parte que trata del análisis de la mercancía, será para el lector el de más difícil comprensión. He procurado exponer con la mayor claridad posible lo que se refiere al análisis de la sustancia y magnitud del valor. La forma del valor, que cobra cuerpo definitivo en la forma dinero, no puede ser más sencilla y llana. Y sin embargo, el espíritu del hombre se ha pasado más de dos mil años forcejeando en vano por explicársela, a pesar de haber conseguido, por lo menos de un modo aproximado, analizar formas mucho más complicadas y preñadas de contenido. ¿Por qué? Porque es más fácil estudiar el organismo desarrollado que la simple célula. En el análisis de las formas económicas de nada sirven el microscopio ni los reactivos químicos. El único medio de que disponemos, en este terreno, es la capacidad de abstracción. La forma de mercancía que adopta el producto del trabajo o la forma de valor que reviste la mercancía es la célula económica de la sociedad burguesa. Al profano le parece que su análisis se pierde en un laberinto de sutilezas. Y son en efecto sutilizas; las mismas que nos depara, por ejemplo, la anatomía micrológica.
Prescindiendo del capítulo sobre la forma del valor, no se podrá decir, por tanto, que este libro resulte difícil de entender. Me refiero, naturalmente, a los lectores deseosos de aprender algo nuevo y, por consiguiente, de pensar por su cuenta.
El físico observa los procesos naturales allí donde éstos se presentan en la forma más ostensible y menos velados por influencias perturbadoras, o procura realizar, el lo posible, sus experimentos en condiciones que garanticen el desarrollo del proceso investigado en toda su pureza. En la presente obra nos proponemos investigar el régimen capitalista de producción y las relaciones de producción y circulación que a él corresponden. El hogar clásico de este régimen es, hasta ahora, Inglaterra. Por eso tomamos a este país como principal ejemplo de nuestras investigaciones teóricas. Pero el lector alemán no debe alzarse farisaicamente de hombros ante la situación de los obreros industriales y agrícolas ingleses, ni tranquilizarse optimistamente, pensando que en Alemania las cosas no están tan mal, ni mucho menos. Por si acaso, bueno será que le advirtamos: de te fabula narratur!
Lo que de por sí nos interesa, aquí, no es precisamente el grado más o menos alto de desarrollo de las contradicciones sociales que brotan de las leyes naturales de la producción capitalista. Nos interesan más bien estas leyes de por sí, estas tenencias, que actúan y se imponen con férrea necesidad. Los países industrialmente más desarrollados no hacen más que poner delante de los países menos progresivos el espejo de su propio porvenir.
Pero dejemos esto a un lado. Allí donde en nuestro país la producción capitalista se halla ya plenamente aclimatada, por ejemplo en las verdaderas fábricas, la realidad alemana es mucho peor todavía que la inglesa, pues falta el contrapeso de las leyes fabriles. En todos los demás campo, nuestro país, como el resto del occidente de la Europa continental, no sólo padece los males que entraña el desarrollo de la producción capitalista, sino también los que supone su falta de desarrollo. Junto a las miserias modernas, nos agobia goda una serie de miserias heredadas, fruto de la supervivencia de tipos de producción antiquísimos y ya caducos, con todo su séquito de relaciones políticas y sociales anacrónicas. No sólo nos atormentan los vivos, sino también los muertos. Le mort saisit le vif!
Comparada con la inglesa, la estadística social de Alemania y de los demás países del occidente de la Europa continental es verdaderamente pobre. Pero, con todo, descorre el velo lo suficiente para permitirnos atisbar la cabeza de Medusa que detrás de ella se esconde. Y si nuestros gobiernos y parlamentos instituyesen periódicamente, como se hace en Inglaterra, comisiones de investigación para estudiar las condiciones económicas; si estas comisiones se lanzasen a la búsqueda de la verdad pertrechadas con la misma plenitud de poderes de que gozan en Inglaterra, y si el desempeño de esta tarea corriese a cargo de hombres tan peritos, imparciales e intransigentes como los inspectores de fábricas de aquel país, los inspectores médicos que tienen a si cargo la redacción de los informes sobre “Public Health” (sanidad pública), los comisarios ingleses encargados de investigar la explotación, etc., nos aterraríamos ante nuestra propia realidad. Perseo se envolvía en un manto de niebla para proseguir a los monstruos. Nosotros nos tapamos con nuestro empozo de niebla los oídos y los ojos para no ver ni oír las monstruosidades y poder negarlas.
Pero no nos engañemos. Del mismo modo que la guerra de independencia de los Estados Unidos en el siglo XVIII fue la gran campanada que hizo erguirse a la clase media de Europa, la guerra norteamericana de Secesión es, en el siglo XIX, el toque de rebato que pone en pie a la clase obrera europea. En Inglaterra, este proceso revolucionario se toca con las manos. Cuando alcance cierto nivel, repercutirá por fuerza sobre el continente. Y, al llegar aquí, revestirá formas más brutales o más humanas, según el grado de desarrollo logrado en cada país por la propia clase obrera. Por eso, aun haciendo caso omiso de otros motivos más nobles, el interés puramente egoísta aconseja a las clases hoy dominantes suprimir todas las trabas legales que se oponen al progreso de la clase obrera. Ésa es, entre otras, la razón de que en este volumen se dedique tanto espacio a exponer la historia, el contenido y los resultados de la legislación fabril inglesa. Las naciones pueden y deben escarmentar en cabeza ajena. Aunque una sociedad haya encontrado el rastro de la ley natural con arreglo a la cual se mueve –y la finalidad última de esta obra, es, en efecto, descubrir la ley económica que preside el movimiento de la sociedad moderna-, jamás podrá salta ni descartar por decreto las fases naturales de su desarrollo. Podrá únicamente acortar y mitigar los dolores del parto.
Un par de palabras para evitar posible equívocos. En esta obra, las figuras del capitalista y del terrateniente no aparecen pintadas, ni mucho menos, de color de rosa. Pero adviértase que aquí sólo nos referimos a las personas en cuanto personificación de categorías económicas, como representantes de determinados intereses y relaciones de clase. Quien como yo concibe el desarrollo de la formación económica de la sociedad como un proceso histórico-natural, no puede hacer al individuo responsable de la existencia de relaciones de que él es socialmente criatura, aunque subjetivamente se considere muy por encima de ellas.
En economía política, la libre investigación científica tiene que luchar con enemigos que oras ciencias no conocen. El carácter especial de la materia investigada levanta contra ella las pasiones más violentas, más mezquinas y más repugnantes que anidan en el pecho humano: las furias del interés privado. La venerable Iglesia anglicana, por ejemplo, perdona de mejor grado que se nieguen 38 de sus 39 artículos de fe que el que se la prive de un 1/39 de sus ingresos pecuniarios. Hoy día, el ateísmo es un pecado venial en comparación con el crimen que supone la pretensión de criticar el régimen de propiedad consagrado por el tiempo. Y, sin embargo, es innegable que también en esto se han hecho progresos. Basta consultar, por ejemplo, el Libro azul publicado hace pocas semanas y titulado Correspondance with Her Majesty’s Missions Abroad, Regarding Industrial Questions and Trades Unions. En este libro, los representantes de la Corona inglesa en el extranjero declaran con palabras escuetas que en Alemania y Francia y en todos los Estados civilizados del continente europeo, la transformación de las relaciones entre el capital y el trabajo es tan evidente y tan inevitable como en la propia Inglaterra. Y al otro lado del Océano Atlántico, el señor Wade, vicepresidente de los Estados Unidos de América declaraba al mismo tiempo, en una serie de asambleas, que una vez abolida la esclavitud, se ponía a la orden del día la transformación del régimen del capital y de la propiedad del suelo. Son los signos de los tiempos, y es inútil querer ocultarlos bajo manteos de púrpura o hábitos negros. No indican que mañana vayan a ocurrir milagros. Pero demuestran cómo hasta las clases gobernantes empiezan a darse cuenta vagamente de que la sociedad actual no es algo pétreo e inconmovible, sino un organismo susceptible de cambios y sujeto a un proceso constante de transformación.
El tomo segundo de esta obra tratará del proceso de circulación del capital (libro II) y de las modalidades del proceso visto en conjunto (libro III); en el volumen tercero y último) libro IV) se expondrá la historia de la teoría.
Acogeré con los brazos abiertos todos los juicio de la crítica científica. En cuanto a los prejuicios de la llamada opinión pública, a la que jamás ha hecho concesiones, seguiré ateniéndome al lema del gran florentino:


Segui el tuo corso, e lascia dir le genti!


CARLOS MARX


Londres, 25 de Julio de 1867

lunes, 16 de agosto de 2010

TESIS SOBRE FEUERBACH. Karl Marx -1853-



TESIS SOBRE FEUERBACH
1853




La falla fundamental de todo el materialismo precedente (incluyendo el de Feuerbach) radica en que sólo capta la cosa (Gegenstand), la realidad, lo sensible, como del objeto de conocimiento (Objekt) o de la contemplación (Anschauung), no como actividad humana sensible, como praxis; no de un modo subjetivo.
De ahí que el lado activo fuese desarrollado de un modo abstracto, en contraposición al materialismo, por el idealismo, el cual, naturalmente, no conoce la actividad real, sensorial, en cuanto tal.
Feuerbach aspira a objetos sensibles, realmente distintos de los objetos de conocimiento, pero no concibe la actividad humana misma como una actividad sobre los objetos comunes (gegenständliche). Por eso, en "La esencia del cristianismo", sólo se considera como auténticamente humano el comportamiento teórico, y en cambio la práctica sólo se capta y se plasma bajo su sucia forma judía de manifestarse. De ahí que Feuerbach no comprenda la importancia de la actividad "revolucionaria", de la actividad "crítico-práctica".
2
El problema de si puede atribuirse al pensamiento humano una verdad objetiva no es un problema teórico, sino un problema práctico.
Es en la práctica donde el hombre debe demostrar la verdad, es decir, la realidad y el poder, la terrenalidad de su pensamiento.
La disputa en torno a la realidad o irrealidad del pensamiento -aislado de la práctica- es un problema puramente escolástico (disputa al infinito).
3
La teoría materialista del cambio de las circunstancias y de la educación olvida que las circunstancias las hacen cambiar los hombres y que el educador necesita, a su vez, ser educado. Tiene, pues, que distinguir en la sociedad dos partes, una de las cuales se halla colocada por encima de ella.
La coincidencia del cambio de las circunstancias con el de la actividad humana o cambio de los hombres mismos, sólo puede concebirse y entenderse racionalmente como praxis unwälzende (inversión de la praxis), práctica revolucionaria, realmente transformadora.
4
Feuerbach parte del hecho de la autoenajenación religiosa, del desdoblamiento del mundo en un mundo religioso y otro terrenal.
Su labor consiste en reducir el mundo religioso a su fundamento terrenal. Pero el hecho de que el fundamento terrenal se separe de sí mismo para plasmarse como un reino independiente que flota en las nubes, es algo que sólo puede explicarse por el propio desgarramiento y la contradicción de este fundamento terrenal consigo mismo. Por tanto, es necesario tanto comprenderlo en su propia contradicción como revolucionarlo prácticamente. Así, pues, por ejemplo, después de descubrir la familia terrenal como el secreto de la familia sagrada, hay que destruir teórica y prácticamente la primera.
5
Feuerbach no se da por satisfecho con el pensamiento abstracto y recurre a la contemplación (Anschauung); pero no concibe la sensibilidad como actividad sensible humana práctica.

sábado, 14 de agosto de 2010

ETIOLOGÍA DE LA NERVIOSIDAD MODERNA


En esta serie de escritos profesionales he tratado ya de aportar la prueba de esta afirmación. No he de repetirla aquí; pero sí extractaré los argumentos principales deducidos de mis investigaciones. Una continua y penetrante observación clínica nos autoriza a distinguir en los estados neuropatológicos dos grandes grupos: las neurosis propiamente dichas y las psiconeurosis. En las primeras los síntomas somáticos o psíquicos parecen ser de naturaleza tóxica, comportándose idénticamente a los fenómenos consecutivos a una incorporación exagerada o a una privación repentina de ciertos tóxicos del sistema nervioso. Estas neurosis -sintetizadas generalmente bajo el concepto de neurastenia- pueden ser originadas, sin que sea indispensable la colaboración de una tara hereditaria, por ciertas anormalidades nocivas de la vida sexual, correspondiendo precisamente la forma de la enfermedad a la naturaleza especial de dichas anormalidades, y ello de tal manera que del cuadro clínico puede deducirse directamente muchas veces la especial etiología sexual. Ahora bien: entre la forma de la enfermedad nerviosa y las restantes influencias nocivas de la cultura, señaladas por los distintos autores, no aparece jamás tal correspondencia regular. Habremos, pues, de considerar el factor sexual como el más esencial en la causación de las neurosis propiamente dichas.
En las psiconeurosis es más importante la influencia hereditaria y menos transparente la causación. Un método singular de investigación, conocido con el nombre de psicoanálisis, ha permitido descubrir que los síntomas de estos padecimientos (histeria, neurosis obsesiva, etc.) son de carácter psicógeno y dependen de la acción de complejos inconscientes (reprimidos) de representaciones. Este mismo método nos ha llevado también al conocimiento de tales complejos, revelándonos que integran en general un contenido sexual, pues nacen de las necesidades sexuales de individuos insatisfechos y representan para ellos una especie de satisfacción sustitutiva. De este modo habremos de ver en todos aquellos factores que dañan la vida sexual, cohíben su actividad o desplazan sus fines, factores patógenos también de las psiconeurosis. El valor de la diferenciación teórica entre neurosis tóxica y neurosis psicógena no queda disminuido por el hecho de qué en la mayoría de las personas nerviosas puedan observarse perturbaciones de ambos orígenes. Aquellos que se hallen dispuestos a buscar conmigo la etiología de la nerviosidad en ciertas anormalidades nocivas de la vida sexual leerán con interés los desarrollos que siguen, destinados a insertar el tema del incremento de la nerviosidad en más amplio contexto.

De "La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna".
Sigmund Freud 1908
Continúa