lunes, 17 de agosto de 2009

SUEÑO DE LA MUERTE DE PERSONAS QUERIDAS -I-


Otros sueños que también hemos de considerar como típicos son aquellos cuyo contenido entraña la muerte de parientes queridos: padres, hermanos, hijos, etc. Ante todo observamos que estos sueños se dividen en dos clases: aquellos durante los que no experimentamos dolor alguno, admirándonos al despertar nuestra insensibilidad, y poseídos por una profunda aflicción hasta el punto de derramar durmiendo amargas lágrimas. Los primeros no pueden ser considerados como típicos y, por tanto, no nos interesan de momento. Al analizarlos hallamos que significan algo muy distinto de lo que constituye su contenido y que su función es la de encubrir cualquier deseo diferente. Recordemos el de aquella joven que vio ante sí muerto y colocado en el ataúd a su sobrino, el único hijo que quedaba a su hermana de dos que había tenido. El análisis nos demostró que este sueño no significaba el deseo de la muerte del niño, sino que encubría el de volver a ver después de larga ausencia a una persona amada a la que en análoga situación, esto es, cuando la muerte de su otro sobrino, había podido contemplar de cerca la sujeto, también después de una prolongada separación. Este deseo, que constituye el verdadero contenido del sueño, no trae consigo motivo ninguno de duelo, razón por la cual no experimenta la sujeto durante él sentimiento alguno doloroso. Observamos aquí que la sensación concomitante al sueño no corresponde al contenido manifiesto, sino al latente, y que el contenido afectivo ha permanecido libre de la deformación de que ha sido objeto el contenido de representaciones.

Muy distintos de éstos son los sueños en que aparece representada la muerte de un pariente querido y sentimos dolorosos afectos. Su sentido es, en efecto el que aparece manifiesto en su contenido, o sea el deseo de que muera la persona a que se refieren. Dado que los sentimientos de todos aquellos de mis lectores que hayan tenido alguno de estos sueños habrán de rebelarse contra esta afirmación mía, procuraré desarrollar su demostración con toda amplitud.

Uno de los análisis expuestos en páginas anteriores, nos reveló que los deseos que el sueño nos muestra realizados no son siempre deseos actuales. Pueden ser también deseos pasados, agotados, olvidados y reprimidos, a los que sólo por su resurgimiento en el sueño hemos de atribuir una especie de supervivencia. Tales deseos no han muerto, según nuestro concepto de la muerte, sino que son semejantes a aquellas sombras de la Odisea, que en cuanto bebían sangre despertaban a una cierta vida. En el sueño de la niña muerta y metida en una caja (pág. 441) se trata de un deseo que había sido actual quince años antes y que la sujeto confesaba ya francamente haber abrigado por entonces. No será quizá superfluo para la mejor inteligencia de nuestra teoría de los sueños el hacer constar aquí incidentalmente que incluso este mismo deseo se basa en un recuerdo de la más temprana infancia. La sujeto oyó, siendo niña, aunque no le es posible precisar el año que, hallándose su madre embarazada de ella, deseó a causa de serios disgustos que el ser que llevaba en su seno muriera antes de nacer. Llegada a la edad adulta y embarazada a su vez, siguió la sujeto el ejemplo de su madre.

Cuando alguien sueña sintiendo profundo dolor en la muerte de su padre, su madre o de alguno de sus hermanos, no habremos de utilizar ciertamente este sueño como demostración de que el sujeto desea en la actualidad que dicha persona muera. La teoría del sueño no exige tanto. Se contenta con deducir que lo ha deseado alguna vez en su infancia. Temo, sin embargo, que esta limitación no logre devolver la tranquilidad a aquellos que han tenido sueños de este género y que negarán la posibilidad de haber abrigado alguna vez tales deseos con la misma energía que ponen en afirmar su seguridad de no abrigarlos tampoco actualmente. En consecuencia, habré de reconstituir aquí, conforme a los testimonios que el presente ofrece a nuestra observación, una parte de la perdida vida anímica infantil.

Continúa.

domingo, 16 de agosto de 2009

EL SUEÑO DE AVERGONZAMIENTO ANTE LA PROPIA DESNUDEZ.


El sueño de hallarnos desnudos o mal vestidos ante personas extrañas suele surgir también sin que durante él experimentemos sentimiento alguno de vergüenza o embarazo. Pero cuando nos interesa es cuando trae consigo tales sentimientos y queremos huir o escondernos, siendo entonces atacados por aquella singular parálisis que nos impide realizar movimiento alguno, dejándonos impotentes para poner término a la penosa situación en que nos hallamos. Sólo en esta forma constituye este sueño un sueño típico, aunque dentro de ella puede el nódulo de su contenido quedar incluido en los más diversos contextos y adornado con toda clase de agregados individuales. Lo esencial en él es la penosa sensación -del carácter de la vergüenza- de que nos es imposible ocultar nuestra desnudez, o, como generalmente deseamos, emprender una precipitada fuga.

No creo muy aventurado suponer que la inmensa mayoría de mis lectores conoce por su experiencia onírica esta desagradable situación. En casi todos los sueños de este género queda impreciso el grado de nuestra desnudez. Alguna vez oiremos decir al sujeto que soñó hallarse en camisa, pero sólo en muy raros casos presenta la imagen onírica tal precisión. Por lo contrario, suele ser tan indeterminada, que para describirla es necesario emplear una alternativa: «Soñé que estaba en camisa o en enaguas.» Asimismo, es lo más frecuente que la intensidad de la vergüenza experimentada sea muy superior a la que el grado de desnudez podría justificar. En los sueños de los militares queda muchas veces sustituida la desnudez por un traje antirreglamentario. Así, sueñan haber salido sin sable, o sin gorra, hallándose de servicio, o llevar con la guerrera unos pantalones de paisano y encontrar en la calle a otros oficiales, etc. Las personas ante las que nos avergonzamos suelen ser desconocidas, cuya fisonomía permanece indeterminada. Otro carácter del sueño típico de este género es que jamás nos hace nadie reproche alguno, ni siquiera repara en nosotros, con motivo de aquello que tanto nos avergüenza. Por lo contrario, la expresión de las personas que en nuestro sueño encontramos es de una absoluta indiferencia, o, como me fue dado comprobar en un caso especialmente claro, estirado y solemne. Todo esto da que pensar.

El avergonzado embarazo del sujeto y la indiferencia de los demás constituyen una de aquellas contradicciones tan frecuentes en el fenómeno onírico. A la sensación del sujeto correspondería, lógicamente, que los demás personajes le contemplasen con asombro, se burlaran de él o se indignasen a su vista. Esta desagradable actitud de los espectadores ha quedado, a mi juicio, suprimida por la realización de deseos, mientras que la no menos desagradable sensación de vergüenza ha logrado perdurar, mantenida por un poder cualquiera, resultando así la falta de armonía que observamos entre las dos partes de este sueño. La forma en que el mismo ha sido utilizado como base de una fábula nos proporciona un interesante testimonio de que no se ha llegado a interpretar acertadamente su significado, a través de su expresión deformada en parte por la censura. La fábula a que me refiero nos es a todos conocida por la versión de Andersen y más recientemente ha sido poetizada por L. Fulda en su Talismán. En el cuento de Andersen se nos refiere que dos falsarios ofrecen al rey un traje cuya singularísima condición es la de ser visible únicamente para los hombres buenos y honrados. El rey sale a la calle vestido con este invisible traje -o sea desnudo- pero no queriendo pasar nadie por hombre perverso y ruin fingen todos no advertir su desnudez.

Esta última es, punto por punto, la situación de nuestro sueño. No hace falta aventurarse mucho para suponer que del incomprensible contenido del sueño ha partido un impulso a inventar un disfraz mediante el cual adquiera un sentido la situación expuesta ante la memoria, quedando entonces despojada esta situación de su significación primitiva y haciéndose susceptible de ser utilizada para fines distintos. Ya veremos más adelante que esta equivocada interpretación del contenido onírico por la actividad intelectual consciente de un segundo sistema es algo muy frecuente y debe ser considerado como un factor de la conformación definitiva de los sueños. Asimismo, habremos de ver que en la formación de representaciones obsesivas y de fobias desempeñan principal papel análogas interpretaciones erróneas, dentro siempre de la misma personalidad psíquica. Con respecto a estos sueños de desnudez, podemos indicar también de dónde es tomado el material necesario para dicha transformación de su significado. El falsario es el sueño; el rey, el sujeto mismo, y la tendencia moralizadora revela un oscuro conocimiento de que en el contenido latente se trata de deseos ilícitos sacrificados a la represión. Los contextos en que tales sueños aparecen incluidos en mis análisis de sujetos neuróticos demuestran, sin lugar a duda alguna, que se hallan basados en un recuerdo de nuestra más temprana infancia.

Sólo en esta edad hubo una época en la que fuimos vistos desnudos, tanto por nuestros familiares como por personas extrañas -visitantes, criadas, etc.-, sin que ello nos causara vergüenza ninguna. Asimismo, puede observarse que la propia desnudez actúa sobre muchos niños, aun en períodos ya algo avanzados de la infancia, como excitante. En lugar de avergonzarse, ríen a carcajadas, corren por la habitación y se dan palmadas sobre el cuerpo hasta que su madre o la persona a cuya guarda están encomendados les afea su proceder, tachándolos de desvergonzados. Los niños muestran con frecuencia veleidad exhibicionista. Rara es la aldea en que el viajero no encuentra a algún niño de dos o tres años que levanta a su paso -y como en honor suyo- los faldones de su camiseta. Uno de mis pacientes conservaba en su memoria consciente el recuerdo de una escena en que, teniendo ocho años, había intentado entrar en camisa, a la hora de acostarse, en la alcoba de su hermanita, capricho que le fue negado por la criada que de él cuidaba. En la historia infantil de los neuróticos desempeña la desnudez de niños de sexo opuesto al del sujeto un importantísimo papel. La manía de los paranoicos de creerse observados cuando se visten o se desnudan debe ser enlazada a estos sucesos infantiles. Entre los perversos existe un grupo -el de los exhibicionistas- en el que el indicado impulso infantil ha pasado a la categoría de obsesión.

Cuando, en la edad adulta, volvemos la vista atrás se nos aparece esta época infantil en la que nada nos avergonzaba como un Paraíso, y en realidad el Paraíso no es otra cosa que la fantasía colectiva de la niñez individual. Por esta razón se hace vivir en él, desnudos, a sus moradores, sin avergonzarse uno ante el otro, hasta que llega un momento en que despiertan la vergüenza y la angustia, sucede la expulsión y comienza la vida sexual y la labor de civilización. A este paraíso puede el sueño retrotraernos todas las noches. Ya indicamos antes nuestra sospecha de que las impresiones de la primera infancia (del período prehistórico, que alcanza hasta el final del cuarto año) demandan de por sí y quizá sin que en ello influya para nada su contenido, una reproducción, siendo, por tanto, su repetición una realización de deseos. Así, pues, los sueños de desnudez son sueños exhibicionistas . El nódulo del sueño exhibicionista queda constituido por la propia figura del sujeto -no en su edad infantil, sino en la actual- y por el desorden o parvedad de su vestido, detalle este último que, a causa de la superposición de recuerdos posteriores o de imposiciones de la censura, queda siempre indeterminada. A este nódulo se agregan las personas ante las cuales nos avergonzamos. No conozco caso ninguno de que entre estas personas retornen las que realmente presenciaron las pretéritas exhibiciones infantiles del sujeto. El sueño no es, en efecto, casi nunca un simple recuerdo. En todas las reproducciones que el sueño, la histeria y la neurosis obsesiva nos presentan quedan siempre omitidas aquellas personas a las que hicimos objeto de nuestro interés sexual en nuestra infancia. Unicamente la paranoia hace retornar a los espectadores e impone al sujeto la más fanática convicción de su presencia, aunque los deja permanecer invisibles. Aquello con que el sueño los sustituye -«mucha gente desconocida» que no presta atención al espectáculo que se le ofrece- constituye la transformación, en su contrario, del deseo del sujeto, orientado hacia la persona, familiar y única, a la que siendo niño dedicó su desnudez, en sus exhibiciones infantiles. Esta «gente desconocida» aparece también en muchos otros sueños e intercala en los más diversos contextos, significando entonces «secreto», siempre como transformación, en su contrario, de un deseo. El retorno de la situación primitiva, que, como antes indicamos, se verifica en la paranoia, queda adaptado asimismo a esta contradicción. El sujeto tiene en ella la convicción de ser observado, pero los que así le observan son «gente desconocida, singularmente indeterminada».

La represión actúa también en estos sueños exhibicionistas. La penosa sensación que durante ellos experimentamos no es sino la reacción del segundo sistema contra el hecho de haber logrado, a pesar de todo, una representación el contenido, por él rechazado, de la escena exhibicionista. Esta no debía haber sido reproducida, para evitar la sensación desagradable. Más adelante volveremos a ocuparnos de la sensación de hallarnos paralizados, la cual sirve admirablemente en el sueño para expresar el conflicto de la voluntad, el no. La intención consciente demanda que la exhibición prosiga y la censura exige que se interrumpa. Las relaciones de nuestros sueños típicos con las fábulas y otros temas de creación poética no son ciertamente escasas ni casuales. La penetrante mirada de un escritor ha observado en una ocasión analíticamente el proceso de transformación de que el poeta es, en general, instrumento y ha sabido perseguir el desarrollo de dicho proceso remontando su curso, o sea referir a un sueño la obra poética. Aludo con esto a Gottfried Keller, en cuya obra Enrique el Verde me ha señalado un amigo mío el siguiente pasaje: «No le deseo a usted, mi querido Lee, que compruebe por propia experiencia cuál fue la sensación de Ulises al surgir desnudo y cubierto de barro ante Nausicaa y sus compañeras. ¿Que cómo es posible tal comprobación? Helo aquí. Cuando lejos de nuestra patria y de todo lo que nos es querido vagamos por tierras extrañas, vemos y vivimos todo género de cosas, sufrimos y meditamos o nos hallamos quizá miserables y abandonados, soñamos indefectiblemente alguna noche que nos acercamos a nuestros lejanos lares. Los anhelados paisajes patrios aparecen ante nosotros con esplendorosos colores, y suaves figuras amadas salen a nuestro encuentro. Pero entonces nos damos cuenta de que llegamos destrozados, desnudos y cubiertos de polvo. Vergüenza y angustia infinitas se apoderan de nosotros. Intentamos cubrir nuestras desnudeces u ocultarnos, y acabamos por despertar bañados en sudor.

Mientras existan seres humanos será éste el sueño del desgraciado al que el Destino hace vagar lejos de su patria. Vemos, pues, que la situación de Ulises ante Nausicaa ha sido tomada por Homero de la más profunda y eterna esencia de la Humanidad.» Ahora bien: esta eterna y más profunda esencia del hombre que todo poeta tiende siempre a despertar en sus oyentes, se halla constituida por aquellos impulsos y sentimientos de la vida anímica, cuyas raíces penetran en el temprano período infantil considerado luego como prehistórico. Detrás de los deseos del expatriado, capaces de conciencia y libres de toda objeción, se abren paso en el sueño los deseos infantiles, reprimidos y devenidos ilícitos, razón por la cual termina siempre en sueño de angustia este sueño que la leyenda de Nausicaa objetiviza.

El sueño antes expuesto, en el que la agilidad de que doy pruebas al subir la escalera se transforma a poco en la imposibilidad de hacer movimiento alguno, es igualmente un sueño exhibicionista, pues presenta los componentes esenciales de los de este género. Por tanto, habremos de poder referirlo a sucesos infantiles, y el conocimiento de estos sucesos habrá de permitirnos deducir hasta qué punto la conducta de la criada con respecto a mí y el reproche que me dirige de haber ensuciado la alfombra contribuyen a hacerla ocupar un lugar en mi sueño. No resulta, en efecto, nada difícil llegar por este camino a un total esclarecimiento. La labor psicoanalítica nos enseña a interpretar la contigüidad temporal como relación objetiva. Dos ideas, faltas en apariencia de todo nexo, pero que se suceden inmediatamente, pertenecen a una unidad que habremos de adivinar del mismo modo que una a y una b, escritas una a continuación de otra en el orden marcado, forman la sílaba ab y han de ser pronunciadas conjuntamente. Esto mismo sucede con respecto a la relación de varios sueños entre sí. El citado sueño de la escalera forma parte de una serie cuyos restantes elementos me han revelado ya su sentido.

Debe, pues, de referirse al mismo tema. Ahora bien: dichos otros sueños tienen todos como base común mi recuerdo de una niñera a la que estuve confiado desde el destete hasta los dos años, persona de la que también mi memoria consciente conserva una oscura huella. Por lo que mi madre me ha referido hace poco sobre ella, sé que era vieja y fea, pero muy trabajadora y lista, y por las conclusiones que de mis sueños puedo deducir, ha de admitir que no siempre se mostraba muy cariñosa conmigo, llegando a tratarme con rudeza cuando infringía las reglas de limpieza a las que quería acostumbrarme. La criada de mi anciana paciente, al tomar a su cargo en la escena real antes detallada la continuación de dicha labor educativa, me da derecho a tratarla en mi sueño como encarnación de aquella vieja niñera de mi época prehistórica. Habremos de admitir, además, que el niño, no obstante los malos tratos de que le hacía objeto, la distinguía con su amor.
La Interpretación de los sueños. S. Freud.

viernes, 14 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUD FREUD - 1913 -


Interés biológico.


El psicoanálisis no ha tenido, como otras ciencias modernas, la suerte de ser acogida con un esperanzado interés por parte de aquellos a quienes preocupan los progresos del conocimiento. Durante mucho tiempo se le negó toda atención, y cuando no fue ya posible desoírla, los que se habían tomado el trabajo de someterla a un detenido enjuiciamiento la hicieron objeto de una violenta hostilidad dependiente de razones afectivas. La causa de tan contraria acogida ha sido el descubrimiento hecho por nuestra disciplina en sus primeros objetos de investigación de que las enfermedades nerviosas eran la expresión de un trastorno de la función sexual, descubrimiento que la condujo a consagrarse a investigar dicha función, tanto tiempo desatendida. Ahora bien: cualquiera que se mantenga fiel al principio de que los juicios científicos no deben sufrir la influencia de las actitudes afectivas, habrá de reconocer a esta orientación investigadora del psicoanálisis un alto interés biológico, viendo en las resistencias a ella opuestas una nueva prueba de sus afirmaciones.
El psicoanálisis ha hecho justicia a la función sexual humana, investigando minuciosamente su extraordinaria importancia para la vida anímica y práctica, importancia señalada ya por muchos poetas y algunos filósofos, pero jamás reconocida por la ciencia. Tal investigación exigía como premisa una ampliación del concepto de la sexualidad, indebidamente restringido, justificada por determinadas transgresiones sexuales (las llamadas perversiones) y por la conducta del niño. Se demostró imposible seguir afirmando la asexualidad de la infancia hasta la repentina eclosión de los impulsos sexuales en la época de la pubertad. Una observación imparcial y libre de prejuicios probó, por el contrario, sin dificultad que el sujeto humano infantil entraña intereses y actividades sexuales en todos los períodos de esta época de su existencia y desde el principio de la misma. La importancia de esta sexualidad infantil no queda disminuida por el hecho de no ser posible trazar con plena seguridad su contorno, diferenciándola en todos sus puntos de la actividad asexual del niño. Ha de tenerse en cuenta que se trata de algo muy distinto de la sexualidad llamada «normal» del adulto. Su contenido entraña los gérmenes de todas aquellas actividades sexuales que oponemos luego en calidad de perversiones a la vida sexual normal, pareciéndonos incomprensibles y viciosas. De la sexualidad infantil surge la norma del adulto a través de una serie de procesos evolutivos, asociaciones, disociaciones y represiones que jamás se desarrollan de un modo idealmente perfecto y dejan tras de sí, a consecuencia de tal imperfección, disposiciones a una represión de la función de estados patológicos.
La sexualidad infantil posee otras dos cualidades muy interesantes biológicamente. Se muestra compuesta por una serie de instintos parciales ligados a determinadas regiones del soma -zonas erógenas-, algunas de las cuales sur gen desde un principio, formando pares antitéticos, esto es, como instintos con fin activo y pasivo. Del mismo modo que en los posteriores estados de apetencia sexual no son meramente los órganos sexuales de la persona amada, sino todo su cuerpo, lo que se constituye en objeto sexual, resultan ser en el niño punto de origen de excitación sexual y de producción de placer sexual ante un estímulo adecuado, no sólo los genitales, sino también otras distintas partes del soma. Estrechamente enlazado a éste, hallamos el segundo carácter peculiar de la sexualidad infantil -su ligazón inicial a las funciones encaminadas a la conservación tales como la ingestión de alimentos, la excreción, y, probablemente también, la inervación muscular y la actividad sensorial-. Al estudiar con auxilio del psicoanálisis la sexualidad del adulto y observar a la luz de los conocimientos así adquiridos la vida del niño, no se nos muestra ya la sexualidad como una función encaminada tan sólo a la reproducción y equivalente a las funciones digestivas, respiratorias, etc., sino como algo mucho más independiente, opuesto más bien a todas las demás actividades del individuo y que sólo por una complicada evolución, muy rica en restricciones, es forzada a entrar en la liga de la economía individual. El caso, teóricamente muy posible, de que los intereses de estas tendencias sexuales no coincidan con los de la conservación individual, aparece realizado en el grupo patológico de las neurosis, pues la última fórmula en que el psicoanálisis ha concretado la esencia de las neurosis afirma que el conflicto original del que surgen las neurosis es el nacido entre los instintos mantenedores del yo y los instintos sexuales. Las neurosis corresponden a un vencimiento más o menos parcial del yo por la sexualidad, después de haber fracasado al yo su tentativa de dominar la sexualidad.
Durante nuestra labor psicoanalítica hemos creído necesario mantenernos alejados de los puntos de vista biológicos y no utilizarlos tampoco para fines eurísticos, con el fin de evitar errores en la apreciación imparcial de los resultados analíticos. Pero una vez terminada dicha labor, habremos de buscar su confirmación biológica, y nos satisface verla conseguida en varios puntos esenciales. La antítesis entre los instintos del yo y el instinto sexual, a la que hubimos de referir la génesis de las neurosis, se prolonga al terreno biológico, como antítesis entre los instintos encaminados a la conservación del individuo y otros puestos al servicio de la continuación de la especie. En la Biología tropezamos con la idea más amplia del plasma germinativo inmortal, del que dependen, como órganos sucesivamente desarrollados, los individuos perecederos, idea que nos facilita, por fin, la exacta comprensión del papel desempeñado por las fuerzas instintivas sexuales en la fisiología y la psicología del ser individual. A pesar de nuestros esfuerzos por evitar en nuestra labor psicoanalítica términos y puntos de vista biológicos, no podemos menos de emplearlos ya en la descripción de los fenómenos por nosotros estudiados. El concepto de «instinto» se nos impone como concepto límite entre las concepciones psicológica y biológica, y hablamos de cualidades y tendencias anímicas «masculinas» y «femeninas», aunque las diferencias de sexo no pueden aspirar, en realidad, a una característica psíquica especial. Aquello que en la vida llamamos masculino o femenino se reduce, para la consideración psicológica, a los caracteres de actividad y pasividad, esto es, a cualidades que no pueden atribuirse a los instintos mismos, sino a sus fines. En la constante comunidad de tales instintos «activos» y «pasivos» en la vida anímica se refleja la bisexualidad de los individuos, postulado clínico del psicoanálisis. Me satisfará haber logrado llamar la atención con estas consideraciones sobre la amplia mediación que el psicoanálisis establece entre la Biología y la Psicología.

jueves, 13 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUD FREUD - 1913 -




Interés filosófico.



En cuanto la Filosofía tiene como base la Psicología, habrá de atender ampliamente a las aportaciones psicoanalíticas a dicha ciencia y reaccionar a este nuevo incremento de nuestros conocimientos como viene reaccionando a todos los progresos importantes de las ciencias especiales. El descubrimiento de las actividades anímicas inconscientes ha de obligar muy especialmente a la Filosofía a tomar su partido, y en caso de inclinarse del lado del psicoanálisis, a modificar sus hipótesis sobre la relación entre lo psíquico y lo físico, hasta que correspondan a los nuevos descubrimientos. Los filósofos se han ocupado, desde luego, repetidamente del problema de lo inconsciente, pero adoptando, en general -salvo contadas excepciones-, una de las dos posiciones siguientes: o han considerado lo inconsciente como algo místico, inaprehensible e indemostrable, cuya relación con lo anímico permanecía en la oscuridad, o han identificado lo psíquico con lo consciente, deduciendo luego de esta definición que algo que era inconsciente no podía ser psíquico ni, por tanto, objeto de la Psicología. Estas actitudes proceden de haber enjuiciado los filósofos lo inconsciente sin conocer antes los fenómenos en la actividad anímica inconsciente y, en consecuencia, sin sospechar su extraordinaria afinidad con los fenómenos conscientes, ni los caracteres que de ellos los diferencian. Si después de adquirir un tal conocimiento de los fenómenos inconscientes mantiene aún alguien la identificación de lo consciente con lo psíquico, y niega, por tanto, a lo inconsciente todo carácter anímico, no habremos ya de objetarle sino que tal diferenciación no tiene nada de práctica, toda vez que, partiendo de su íntima relación con lo consciente, resulta fácil describir lo inconsciente y seguir sus desarrollos, cosa imposible de conseguir, por lo menos hasta ahora, partiendo del proceso físico. Lo inconsciente debe, pues, permanecer siendo considerado como objeto de la Psicología.
Todavía existe otro aspecto desde el cual puede la Filosofía recibir el impulso del psicoanálisis, y es pasando a ser objeto de la misma. Los sistemas y teorías filosóficas son obra de un limitado número de personas de individualidad sobresaliente, y la Filosofía es la disciplina en la que mayor papel desempeña la personalidad del hombre de ciencia. Ahora bien: el psicoanálisis nos permite dar una psicografía de la personalidad (véase luego su interés sociológico). Nos enseña a conocer las unidades afectivas -los complejos dependientes de los instintos- que hemos de presuponer en todo individuo, y nos inicia en el estudio de las transformaciones y los resultados finales generados por estas fuerzas instintivas. Descubre las relaciones existentes entre las disposiciones constitucionales de la persona, sus destinos y los rendimientos que puede alcanzar merced a dotes especiales. Ante la obra artística le es posible adivinar, con más o menos seguridad, la personalidad que tras de ella se esconde, y de este modo puede descubrir la motivación subjetiva e individual de las teorías filosóficas, surgidas de una labor lógica imparcial, y señalar a la crítica los puntos débiles del sistema. Esta crítica no es ya cometido del psicoanálisis, pues, naturalmente, la determinación psicológica de una teoría no excluye su corrección científica.

miércoles, 12 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -


El interés del psicoanálisis para la historia de la civilización.


La comparación de la infancia del individuo con la historia primitiva de los pueblos se ha demostrado muy fructífera bajo distintos aspectos, no obstante tratarse de una labor científica apenas comenzada. La concepción psicoanalítica viene a constituir aquí un nuevo instrumento de trabajo. La aplicación de sus hipótesis a la psicología de los pueblos permite plantear nuevos problemas y contemplar a una nueva luz los ya investigados, cooperando a su solución. En primer lugar, parece muy posible aplicar la concepción psicoanalítica obtenida en el estudio de los sueños a los productos de la fantasía de los pueblos, tales como los mitos y las fábulas. Hace ya tiempo que se labora en la interpretación de tales productos, sospechándose que entrañan un «sentido oculto», encubierto por diversas transformaciones y modificaciones. El psicoanálisis aporta a esta labor la experiencia extraída de su investigación de los sueños y de las neurosis, mediante la cual ha de serle posible descubrir los caminos técnicos de tales deformaciones. Pero, además, puede revelar en toda una serie de casos los motivos ocultos que han desviado al mito de su sentido original. No ve el primer impulso a la formación de mitos en una necesidad teórica de explicación de los fenómenos naturales o de justificación de preceptos culturales o usos devenidos incomprensibles, sino que lo busca en aquellos mismos «complejos» psíquicos y en aquellas mismas tendencias afectivas, cuya existencia hubo de comprobar como base de los sueños y de la formación de síntomas.
Esta misma transferencia de sus puntos de vista, hipótesis y conocimientos capacita al psicoanálisis para arrojar luz vivísima sobre los orígenes de nuestras grandes instituciones culturales, tales como la religión, la moral, el derecho y la filosofía. Investigando aquellas primitivas situaciones psicológicas, en las que pudo surgir el impulso a tales creaciones, se le hace posible rechazar alguna tentativa de explicación basada en una provisionalidad psicológica y sustituirla por una visión más profunda. El psicoanálisis establece una íntima relación entre todos estos rendimientos del individuo y de las colectividades, al postular para ambos la misma fuente dinámica. Parte de la idea fundamental de que la función capital del mecanismo psíquico es descargar el ser de las tensiones generadas en él por las necesidades. Una parte de esta labor se soluciona por medio de la satisfacción extraída del mundo exterior, y para este fin se hace preciso el dominio del mundo real. Pero otra parte de tales necesidades, y entre ellas esencialmente ciertas tendencias afectivas, se ve siempre negada por la realidad toda satisfacción. Esta circunstancia da origen a la segunda parte de la labor antes indicada, consistente en procurar a las tendencias insatisfechas una distinta descarga. Toda historia de la civilización es una exposición de los caminos que emprenden los hombres para dominar sus deseos insatisfechos, según las exigencias de la realidad y las modificaciones en ella introducidas por los progresos técnicos.
La investigación de los pueblos primitivos nos muestra a los hombres entregados en un principio a una fe infantil en la omnipotencia y nos proporciona la explicación de toda una serie de productos anímicos, revelándolos como esfuerzos encaminados a negar los fracasos de tal omnipotencia y a mantener así a la realidad lejos de toda influencia sobre la vida afectiva, en tanto no es posible dominarla mejor y utilizarla para la satisfacción. El principio de la evitación de displacer rige la actividad humana hasta que es sustituida por el de la adaptación al mundo exterior, mucho más conveniente al individuo. Paralelamente al dominio progresivo del hombre sobre el mundo exterior, se desarrolla una evolución de su concepción del Universo, que va apartándose cada vez más de la primitiva fe en la omnipotencia y se eleva, desde la fase animista hasta la científica, a través de la religiosa. En este conjunto entran el mito, la religión y la moralidad, como tentativas de lograr una comprensión de la inlograda satisfacción de deseos. El conocimiento de las enfermedades neuróticas del individuo ha facilitado mucho la comprensión de las grandes instituciones sociales, pues las neurosis mismas se nos revelan como tentativas de resolver individualmente aquellos problemas de la compensación de los deseos, que habrían de ser resueltos socialmente por las instituciones. La desaparición del factor social y el predominio del factor sexual convierten estas soluciones neuróticas en caricaturas inutilizables para cosa distinta de nuestra aclaración de estos importantes problemas.

martes, 11 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -



El interés del psicoanálisis para la historia de la evolución.



No todo análisis de fenómenos psicológicos merece el nombre de psicoanálisis. Esta última significa algo más que la descomposición de fenómenos compuestos en otros más simples; consiste en una reducción de un producto psíquico a otros que le han precedido en el tiempo y de los cuales se ha desarrollado. El método médico psicoanalítico no conseguiría suprimir un solo síntoma patológico si no investigara su génesis y su desarrollo, y de este modo el psicoanálisis hubo de orientarse desde un principio hacia la investigación de procesos evolutivos. Así, descubrió primero la génesis de los síntomas neuróticos y en su ulterior progreso hubo de ampliar su radio de acción a otros productos psíquicos y realizar con ellos la labor de una psicología genética. El psicoanálisis se ha visto obligado a deducir la vida anímica del adulto de la del niño, dando así razón a la afirmación de que el niño es el padre del hombre. Ha perseguido la continuidad de la psique infantil con la del adulto, pero también las transformaciones y alteraciones que en tal trayectoria tienen efecto. La memoria de la mayor parte de los hombres presenta una laguna en lo que se refiere a los primeros años de su vida infantil, de la cual sólo conservamos algunos recuerdos fragmentarios. Puede afirmarse que el psicoanálisis ha llenado tal laguna, suprimiendo esta amnesia infantil de los hombres (cf. el interés pedagógico).
Al profundizar en la vida anímica infantil hemos realizado algunos singulares descubrimientos. Así, pudimos confirmar algo ya sospechado, la extraordinaria importancia que para toda la ulterior orientación del hombre tienen las impresiones de su infancia, y muy especialmente las recibidas en sus primeros años. Tropezamos aquí con una paradoja psicológica que sólo deja de serlo para la concepción psicoanalítica, pues resulta que tales impresiones, de máxima importancia, no aparecen contenidas en la memoria en los años ulteriores. Pero precisamente en lo que respecta a la vida sexual ha sido donde el psicoanálisis ha logrado fijar con más precisa claridad la ejemplaridad e indelebilidad de los más tempranos sucesos de la vida humana. El on revient toujours à ses premiers amours no es sino una tímida verdad. Los múltiples enigmas de la vida erótica del adulto no se resuelven sino teniendo en cuenta los factores infantiles del amor. Para la teoría de estos efectos ha de tenerse en cuenta que las primeras experiencias infantiles del individuo no son fruto único del azar, sino que corresponden también a las primeras actividades de las disposiciones instintivas constitucionales con que ha venido al mundo.
Otro de nuestros descubrimientos más sorprendente fue el de que, a pesar de la ulterior evolución, ninguno de los productos psíquicos infantiles ha sucumbido en el adulto. Todos los deseos, impulsos instintivos, modos de reacción y disposiciones del niño subsisten en el adulto, y pueden volver a aparecer bajo constelaciones adecuadas. No han quedado destruidos, sino simplemente sepultados por la superposición de otros estratos psíquicos. Constituye así un carácter particular del pretérito anímico el no ser devorado por sus propias secuelas, como el pasado histórico. Por el contrario, subsiste al lado de aquello que de él ha surgido en una simultaneidad, bien meramente virtual, bien por completo real. Prueba de esta afirmación es que los sueños del hombre normal reavivan todas las noches su carácter infantil y retrotraen toda su vida anímica a un grado infantil. Esta misma regresión al infantilismo psíquico tiene efecto también en las neurosis y psicosis, cuyas singularidades han de ser descritas en su gran mayoría, como arcaísmos psíquicos. La energía que los restos infantiles hayan conservado en la vida anímica nos da la medida de la disposición a la enfermedad, pasando ésta a constituir así, para nosotros, la expresión de una inhibición del desarrollo. Aquello que en el material psíquico del hombre ha permanecido infantil y se halla reprimido como inutilizable, constituye el nódulo de su inconsciente, y creemos poder seguir en la historia de la vida de nuestros pacientes cómo este inconsciente, retenido por las fuerzas represoras, espía el momento de entrar en actividad y aprovecha las ocasiones que para ello se le presentan cuando las formaciones psíquicas posteriores y más elevadas no consiguen dominar las dificultades del mundo real. En los últimos años ha caído el psicoanálisis en que el principio de que «la ontogenia es una repetición de la filogenia» podía ser también aplicable a la vida anímica , y de esta reflexión ha surgido una nueva ampliación del interés de nuestra disciplina.

lunes, 10 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -


Capítulo II - El interés del psicoanálisis para las ciencias no psicológicas.

Interés filológico.

Al postular el interés filológico del psicoanálisis voy seguramente más allá de la significación usual de la palabra «Filología», o sea «ciencia del lenguaje», pues bajo el concepto de lenguaje no me refiero tan sólo a la expresión del pensamiento en palabras, sino también al lenguaje de los gestos y a todas las demás formas de expresión de la actividad anímica, como, por ejemplo, la escritura. Ha de tenerse en cuenta que las interpretaciones del psicoanálisis son, en primer lugar, traducciones de una forma expresiva extraña a nosotros a otra familiar a nuestro pensamiento. Cuando interpretamos un sueño no hacemos sino traducir del «lenguaje del sueño» al de nuestra vida despierta un cierto contenido mental (las ideas latentes del sueño). Al efectuar esta labor aprenderemos a conocer las peculiaridades de aquel lenguaje onírico, y experimentamos la impresión de que pertenece a un sistema de expresión altamente arcaico.


Así, se observa que la negación no encuentra jamás en él una expresión especial directa, y que un mismo elemento sirve de representación a ideas antitéticas. O dicho de otro modo: en el lenguaje de los sueños los conceptos son todavía ambivalentes; reúnen en sí significaciones opuestas, condición que, según las hipótesis de los filólogos, presentaban también las más antiguas raíces de las lenguas históricas. Otro carácter singular de nuestro lenguaje onírico es el frecuentísimo empleo de símbolos, circunstancia que permite en una cierta medida una traducción del contenido del sueño, sin el auxilio de las asociaciones individuales. La esencia de estos símbolos no ha sido aún totalmente aprehendida por la investigación; trátase de sustituciones y comparaciones, basadas en analogías claramente visibles en algunos casos, mientras que en otros escapa por completo a nuestra percepción consciente el eventual tertium comparationis. Estos últimos símbolos serían precisamente los que habrían de proceder de las fases más primitivas del desarrollo del lenguaje y de la formación de conceptos. En el sueño son predominantemente los órganos y las funciones sexuales lo que experimenta una representación simbólica en vez de directa. El filólogo Hans Sperber, de Upsala, ha intentado probar en un reciente trabajo que aquellas palabras que designaban primitivamente actividades sexuales han experimentado, merced a tales procesos comparativos, numerosos cambios de sentido.


Teniendo en cuenta que los medios de representación del sueño son principalmente imágenes visuales y no palabras, habremos de equipararlo más adecuadamente a un sistema de escritura que a un lenguaje. En realidad, la interpretación de un sueño es una labor totalmente análoga a la de descifrar una antigua escritura figurada, como la de los jeroglíficos egipcios. En ambos casos hallamos elementos no destinados a la interpretación, o respectivamente, a la lectura, sino a facilitar, en calidad de determinativos, la comprensión de otros elementos. La múltiple significación de diversos elementos del sueño encuentran también su reflejo en estos antiguos sistemas gráficos, lo mismo que la omisión de ciertas relaciones que en uno y otro caso han de ser deducidas del contexto. Si una tal concepción de la representación del sueño no ha sido aún ampliamente desarrollada, ha sido tan sólo porque el psicoanalista carece de aquellos conocimientos que el filólogo podría aplicar a un tema como el de los sueños. Puede decirse que el lenguaje de los sueños es la forma expresiva de la actividad anímica inconsciente; pero lo inconsciente habla más de un solo dialecto. Entre las variadas condiciones psicológicas que caracterizan y diferencian entre sí las distintas formas de neurosis, hallamos también constantes cambios de la expresión de los impulsos anímicos inconscientes. Mientras que el lenguaje anímico de la histeria coincide por completo con el lenguaje figurado de los sueños, las visiones, etc., tropezamos, en cambio, con productos idiomáticos especiales para el lenguaje ideológico de la neurosis obsesiva y de las parafrenias (demencia precoz y paranoia), productos que en toda una serie de casos podemos ya comprender y relacionar entre sí. Aquello que una histérica representa por medio de vómitos se exteriorizará en las enfermas de neurosis obsesivas por medio de penosas medidas preventivas contra la infección y en las parafrénicas por medio de la acusación o la sospecha de que se trata de envenenarlas. Lo que así encuentra tan diversa expresión no es sino el deseo reprimido y rechazado a lo inconsciente de engendrar en su seno un hijo, o, correlativamente, la defensa de la paciente contra tal deseo.