jueves, 13 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUD FREUD - 1913 -




Interés filosófico.



En cuanto la Filosofía tiene como base la Psicología, habrá de atender ampliamente a las aportaciones psicoanalíticas a dicha ciencia y reaccionar a este nuevo incremento de nuestros conocimientos como viene reaccionando a todos los progresos importantes de las ciencias especiales. El descubrimiento de las actividades anímicas inconscientes ha de obligar muy especialmente a la Filosofía a tomar su partido, y en caso de inclinarse del lado del psicoanálisis, a modificar sus hipótesis sobre la relación entre lo psíquico y lo físico, hasta que correspondan a los nuevos descubrimientos. Los filósofos se han ocupado, desde luego, repetidamente del problema de lo inconsciente, pero adoptando, en general -salvo contadas excepciones-, una de las dos posiciones siguientes: o han considerado lo inconsciente como algo místico, inaprehensible e indemostrable, cuya relación con lo anímico permanecía en la oscuridad, o han identificado lo psíquico con lo consciente, deduciendo luego de esta definición que algo que era inconsciente no podía ser psíquico ni, por tanto, objeto de la Psicología. Estas actitudes proceden de haber enjuiciado los filósofos lo inconsciente sin conocer antes los fenómenos en la actividad anímica inconsciente y, en consecuencia, sin sospechar su extraordinaria afinidad con los fenómenos conscientes, ni los caracteres que de ellos los diferencian. Si después de adquirir un tal conocimiento de los fenómenos inconscientes mantiene aún alguien la identificación de lo consciente con lo psíquico, y niega, por tanto, a lo inconsciente todo carácter anímico, no habremos ya de objetarle sino que tal diferenciación no tiene nada de práctica, toda vez que, partiendo de su íntima relación con lo consciente, resulta fácil describir lo inconsciente y seguir sus desarrollos, cosa imposible de conseguir, por lo menos hasta ahora, partiendo del proceso físico. Lo inconsciente debe, pues, permanecer siendo considerado como objeto de la Psicología.
Todavía existe otro aspecto desde el cual puede la Filosofía recibir el impulso del psicoanálisis, y es pasando a ser objeto de la misma. Los sistemas y teorías filosóficas son obra de un limitado número de personas de individualidad sobresaliente, y la Filosofía es la disciplina en la que mayor papel desempeña la personalidad del hombre de ciencia. Ahora bien: el psicoanálisis nos permite dar una psicografía de la personalidad (véase luego su interés sociológico). Nos enseña a conocer las unidades afectivas -los complejos dependientes de los instintos- que hemos de presuponer en todo individuo, y nos inicia en el estudio de las transformaciones y los resultados finales generados por estas fuerzas instintivas. Descubre las relaciones existentes entre las disposiciones constitucionales de la persona, sus destinos y los rendimientos que puede alcanzar merced a dotes especiales. Ante la obra artística le es posible adivinar, con más o menos seguridad, la personalidad que tras de ella se esconde, y de este modo puede descubrir la motivación subjetiva e individual de las teorías filosóficas, surgidas de una labor lógica imparcial, y señalar a la crítica los puntos débiles del sistema. Esta crítica no es ya cometido del psicoanálisis, pues, naturalmente, la determinación psicológica de una teoría no excluye su corrección científica.

miércoles, 12 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -


El interés del psicoanálisis para la historia de la civilización.


La comparación de la infancia del individuo con la historia primitiva de los pueblos se ha demostrado muy fructífera bajo distintos aspectos, no obstante tratarse de una labor científica apenas comenzada. La concepción psicoanalítica viene a constituir aquí un nuevo instrumento de trabajo. La aplicación de sus hipótesis a la psicología de los pueblos permite plantear nuevos problemas y contemplar a una nueva luz los ya investigados, cooperando a su solución. En primer lugar, parece muy posible aplicar la concepción psicoanalítica obtenida en el estudio de los sueños a los productos de la fantasía de los pueblos, tales como los mitos y las fábulas. Hace ya tiempo que se labora en la interpretación de tales productos, sospechándose que entrañan un «sentido oculto», encubierto por diversas transformaciones y modificaciones. El psicoanálisis aporta a esta labor la experiencia extraída de su investigación de los sueños y de las neurosis, mediante la cual ha de serle posible descubrir los caminos técnicos de tales deformaciones. Pero, además, puede revelar en toda una serie de casos los motivos ocultos que han desviado al mito de su sentido original. No ve el primer impulso a la formación de mitos en una necesidad teórica de explicación de los fenómenos naturales o de justificación de preceptos culturales o usos devenidos incomprensibles, sino que lo busca en aquellos mismos «complejos» psíquicos y en aquellas mismas tendencias afectivas, cuya existencia hubo de comprobar como base de los sueños y de la formación de síntomas.
Esta misma transferencia de sus puntos de vista, hipótesis y conocimientos capacita al psicoanálisis para arrojar luz vivísima sobre los orígenes de nuestras grandes instituciones culturales, tales como la religión, la moral, el derecho y la filosofía. Investigando aquellas primitivas situaciones psicológicas, en las que pudo surgir el impulso a tales creaciones, se le hace posible rechazar alguna tentativa de explicación basada en una provisionalidad psicológica y sustituirla por una visión más profunda. El psicoanálisis establece una íntima relación entre todos estos rendimientos del individuo y de las colectividades, al postular para ambos la misma fuente dinámica. Parte de la idea fundamental de que la función capital del mecanismo psíquico es descargar el ser de las tensiones generadas en él por las necesidades. Una parte de esta labor se soluciona por medio de la satisfacción extraída del mundo exterior, y para este fin se hace preciso el dominio del mundo real. Pero otra parte de tales necesidades, y entre ellas esencialmente ciertas tendencias afectivas, se ve siempre negada por la realidad toda satisfacción. Esta circunstancia da origen a la segunda parte de la labor antes indicada, consistente en procurar a las tendencias insatisfechas una distinta descarga. Toda historia de la civilización es una exposición de los caminos que emprenden los hombres para dominar sus deseos insatisfechos, según las exigencias de la realidad y las modificaciones en ella introducidas por los progresos técnicos.
La investigación de los pueblos primitivos nos muestra a los hombres entregados en un principio a una fe infantil en la omnipotencia y nos proporciona la explicación de toda una serie de productos anímicos, revelándolos como esfuerzos encaminados a negar los fracasos de tal omnipotencia y a mantener así a la realidad lejos de toda influencia sobre la vida afectiva, en tanto no es posible dominarla mejor y utilizarla para la satisfacción. El principio de la evitación de displacer rige la actividad humana hasta que es sustituida por el de la adaptación al mundo exterior, mucho más conveniente al individuo. Paralelamente al dominio progresivo del hombre sobre el mundo exterior, se desarrolla una evolución de su concepción del Universo, que va apartándose cada vez más de la primitiva fe en la omnipotencia y se eleva, desde la fase animista hasta la científica, a través de la religiosa. En este conjunto entran el mito, la religión y la moralidad, como tentativas de lograr una comprensión de la inlograda satisfacción de deseos. El conocimiento de las enfermedades neuróticas del individuo ha facilitado mucho la comprensión de las grandes instituciones sociales, pues las neurosis mismas se nos revelan como tentativas de resolver individualmente aquellos problemas de la compensación de los deseos, que habrían de ser resueltos socialmente por las instituciones. La desaparición del factor social y el predominio del factor sexual convierten estas soluciones neuróticas en caricaturas inutilizables para cosa distinta de nuestra aclaración de estos importantes problemas.

martes, 11 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -



El interés del psicoanálisis para la historia de la evolución.



No todo análisis de fenómenos psicológicos merece el nombre de psicoanálisis. Esta última significa algo más que la descomposición de fenómenos compuestos en otros más simples; consiste en una reducción de un producto psíquico a otros que le han precedido en el tiempo y de los cuales se ha desarrollado. El método médico psicoanalítico no conseguiría suprimir un solo síntoma patológico si no investigara su génesis y su desarrollo, y de este modo el psicoanálisis hubo de orientarse desde un principio hacia la investigación de procesos evolutivos. Así, descubrió primero la génesis de los síntomas neuróticos y en su ulterior progreso hubo de ampliar su radio de acción a otros productos psíquicos y realizar con ellos la labor de una psicología genética. El psicoanálisis se ha visto obligado a deducir la vida anímica del adulto de la del niño, dando así razón a la afirmación de que el niño es el padre del hombre. Ha perseguido la continuidad de la psique infantil con la del adulto, pero también las transformaciones y alteraciones que en tal trayectoria tienen efecto. La memoria de la mayor parte de los hombres presenta una laguna en lo que se refiere a los primeros años de su vida infantil, de la cual sólo conservamos algunos recuerdos fragmentarios. Puede afirmarse que el psicoanálisis ha llenado tal laguna, suprimiendo esta amnesia infantil de los hombres (cf. el interés pedagógico).
Al profundizar en la vida anímica infantil hemos realizado algunos singulares descubrimientos. Así, pudimos confirmar algo ya sospechado, la extraordinaria importancia que para toda la ulterior orientación del hombre tienen las impresiones de su infancia, y muy especialmente las recibidas en sus primeros años. Tropezamos aquí con una paradoja psicológica que sólo deja de serlo para la concepción psicoanalítica, pues resulta que tales impresiones, de máxima importancia, no aparecen contenidas en la memoria en los años ulteriores. Pero precisamente en lo que respecta a la vida sexual ha sido donde el psicoanálisis ha logrado fijar con más precisa claridad la ejemplaridad e indelebilidad de los más tempranos sucesos de la vida humana. El on revient toujours à ses premiers amours no es sino una tímida verdad. Los múltiples enigmas de la vida erótica del adulto no se resuelven sino teniendo en cuenta los factores infantiles del amor. Para la teoría de estos efectos ha de tenerse en cuenta que las primeras experiencias infantiles del individuo no son fruto único del azar, sino que corresponden también a las primeras actividades de las disposiciones instintivas constitucionales con que ha venido al mundo.
Otro de nuestros descubrimientos más sorprendente fue el de que, a pesar de la ulterior evolución, ninguno de los productos psíquicos infantiles ha sucumbido en el adulto. Todos los deseos, impulsos instintivos, modos de reacción y disposiciones del niño subsisten en el adulto, y pueden volver a aparecer bajo constelaciones adecuadas. No han quedado destruidos, sino simplemente sepultados por la superposición de otros estratos psíquicos. Constituye así un carácter particular del pretérito anímico el no ser devorado por sus propias secuelas, como el pasado histórico. Por el contrario, subsiste al lado de aquello que de él ha surgido en una simultaneidad, bien meramente virtual, bien por completo real. Prueba de esta afirmación es que los sueños del hombre normal reavivan todas las noches su carácter infantil y retrotraen toda su vida anímica a un grado infantil. Esta misma regresión al infantilismo psíquico tiene efecto también en las neurosis y psicosis, cuyas singularidades han de ser descritas en su gran mayoría, como arcaísmos psíquicos. La energía que los restos infantiles hayan conservado en la vida anímica nos da la medida de la disposición a la enfermedad, pasando ésta a constituir así, para nosotros, la expresión de una inhibición del desarrollo. Aquello que en el material psíquico del hombre ha permanecido infantil y se halla reprimido como inutilizable, constituye el nódulo de su inconsciente, y creemos poder seguir en la historia de la vida de nuestros pacientes cómo este inconsciente, retenido por las fuerzas represoras, espía el momento de entrar en actividad y aprovecha las ocasiones que para ello se le presentan cuando las formaciones psíquicas posteriores y más elevadas no consiguen dominar las dificultades del mundo real. En los últimos años ha caído el psicoanálisis en que el principio de que «la ontogenia es una repetición de la filogenia» podía ser también aplicable a la vida anímica , y de esta reflexión ha surgido una nueva ampliación del interés de nuestra disciplina.

lunes, 10 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -


Capítulo II - El interés del psicoanálisis para las ciencias no psicológicas.

Interés filológico.

Al postular el interés filológico del psicoanálisis voy seguramente más allá de la significación usual de la palabra «Filología», o sea «ciencia del lenguaje», pues bajo el concepto de lenguaje no me refiero tan sólo a la expresión del pensamiento en palabras, sino también al lenguaje de los gestos y a todas las demás formas de expresión de la actividad anímica, como, por ejemplo, la escritura. Ha de tenerse en cuenta que las interpretaciones del psicoanálisis son, en primer lugar, traducciones de una forma expresiva extraña a nosotros a otra familiar a nuestro pensamiento. Cuando interpretamos un sueño no hacemos sino traducir del «lenguaje del sueño» al de nuestra vida despierta un cierto contenido mental (las ideas latentes del sueño). Al efectuar esta labor aprenderemos a conocer las peculiaridades de aquel lenguaje onírico, y experimentamos la impresión de que pertenece a un sistema de expresión altamente arcaico.


Así, se observa que la negación no encuentra jamás en él una expresión especial directa, y que un mismo elemento sirve de representación a ideas antitéticas. O dicho de otro modo: en el lenguaje de los sueños los conceptos son todavía ambivalentes; reúnen en sí significaciones opuestas, condición que, según las hipótesis de los filólogos, presentaban también las más antiguas raíces de las lenguas históricas. Otro carácter singular de nuestro lenguaje onírico es el frecuentísimo empleo de símbolos, circunstancia que permite en una cierta medida una traducción del contenido del sueño, sin el auxilio de las asociaciones individuales. La esencia de estos símbolos no ha sido aún totalmente aprehendida por la investigación; trátase de sustituciones y comparaciones, basadas en analogías claramente visibles en algunos casos, mientras que en otros escapa por completo a nuestra percepción consciente el eventual tertium comparationis. Estos últimos símbolos serían precisamente los que habrían de proceder de las fases más primitivas del desarrollo del lenguaje y de la formación de conceptos. En el sueño son predominantemente los órganos y las funciones sexuales lo que experimenta una representación simbólica en vez de directa. El filólogo Hans Sperber, de Upsala, ha intentado probar en un reciente trabajo que aquellas palabras que designaban primitivamente actividades sexuales han experimentado, merced a tales procesos comparativos, numerosos cambios de sentido.


Teniendo en cuenta que los medios de representación del sueño son principalmente imágenes visuales y no palabras, habremos de equipararlo más adecuadamente a un sistema de escritura que a un lenguaje. En realidad, la interpretación de un sueño es una labor totalmente análoga a la de descifrar una antigua escritura figurada, como la de los jeroglíficos egipcios. En ambos casos hallamos elementos no destinados a la interpretación, o respectivamente, a la lectura, sino a facilitar, en calidad de determinativos, la comprensión de otros elementos. La múltiple significación de diversos elementos del sueño encuentran también su reflejo en estos antiguos sistemas gráficos, lo mismo que la omisión de ciertas relaciones que en uno y otro caso han de ser deducidas del contexto. Si una tal concepción de la representación del sueño no ha sido aún ampliamente desarrollada, ha sido tan sólo porque el psicoanalista carece de aquellos conocimientos que el filólogo podría aplicar a un tema como el de los sueños. Puede decirse que el lenguaje de los sueños es la forma expresiva de la actividad anímica inconsciente; pero lo inconsciente habla más de un solo dialecto. Entre las variadas condiciones psicológicas que caracterizan y diferencian entre sí las distintas formas de neurosis, hallamos también constantes cambios de la expresión de los impulsos anímicos inconscientes. Mientras que el lenguaje anímico de la histeria coincide por completo con el lenguaje figurado de los sueños, las visiones, etc., tropezamos, en cambio, con productos idiomáticos especiales para el lenguaje ideológico de la neurosis obsesiva y de las parafrenias (demencia precoz y paranoia), productos que en toda una serie de casos podemos ya comprender y relacionar entre sí. Aquello que una histérica representa por medio de vómitos se exteriorizará en las enfermas de neurosis obsesivas por medio de penosas medidas preventivas contra la infección y en las parafrénicas por medio de la acusación o la sospecha de que se trata de envenenarlas. Lo que así encuentra tan diversa expresión no es sino el deseo reprimido y rechazado a lo inconsciente de engendrar en su seno un hijo, o, correlativamente, la defensa de la paciente contra tal deseo.

domingo, 9 de agosto de 2009

MÚLTIPLE INTERÉS DEL PSICOANÁLISIS. SIGMUND FREUD - 1913 -


Capítulo I - Interés psicológico del psicoanálisis

El psicoanálisis es un procedimiento médico que aspira a la curación de ciertas formas de la nerviosidad (neurosis). En un trabajo publicado en 1910 hube ya de describir la evolución del psicoanálisis desde su punto de partida en el método catártico, de J. Breuer, y sus relaciones con las teorías de Charcot y P. Janet .

Como ejemplos de las formas patológicas accesibles al psicoanálisis pueden ser citadas las convulsiones e inhibiciones de la histeria y los diversos síntomas de la neurosis obsesiva (actos e ideas obsesivas). Trátase de estados que desaparecen a veces espontáneamente y responden de un modo caprichoso, hasta ahora inexplicado, a la influencia personal del médico.

En las formas graves de las perturbaciones mentales propiamente dichas no alcanza el psicoanálisis resultado positivo alguno. Pero tanto en las psicosis como en las neurosis nos facilita por vez primera en la historia de la Medicina una visión de los orígenes y el mecanismo de estas enfermedades. Esta importancia médica del psicoanálisis no justificaría la tentativa de presentarla en un círculo de hombres de estudio interesados por la síntesis de las ciencias, y mucho menos cuando tal empresa habría de parecer prematura mientras una gran parte de los psiquíatras y neurólogos continúe mostrándose opuesto al nuevo método terapéutico y rechace tanto sus hipótesis como sus resultados. Si, no obstante, considero legítima esta tentativa es porque el psicoanálisis aspira a interesar a hombres de ciencia distintos de los psiquíatras, pues se extiende a otros varios sectores científicos diferentes y establece entre ellos y la patología de la vida psíquica relaciones insospechadas. Dejaré, pues, a un lado, por ahora, el interés médico del psicoanálisis y trataré de demostrar, con una serie de ejemplos, mis anteriores asertos sobre nuestra joven ciencia.

Tanto en el hombre normal como en los enfermos tropezamos con una serie de expresiones mímicas y verbales y con numerosos productos mentales que no han llegado a ser hasta ahora objeto de la Psicología por haberlos considerado meramente como resultados de una perturbación orgánica o de una disminución anormal de la capacidad funcional del aparato anímico. Me refiero a las funciones fallidas (equivocaciones orales o en la escritura, olvidos, etc), a los actos casuales y a los sueños de los normales y a los ataques convulsivos, delirios, visiones, ideas y actos obsesivos de los neuróticos. Estos fenómenos -en cuanto no han pasado, como las funciones fallidas, totalmente inadvertidos- se ha venido adscribiendo a la Patología, esforzándose en hallarles explicaciones fisiológicas que jamás han resultado satisfactorias. El psicoanálisis ha demostrado, en cambio, que todos estos fenómenos pueden ser explicados e integrados en el conjunto conocido del suceder psíquico por medio de hipótesis de naturaleza puramente psicológica. Nuestra disciplina ha restringido así el radio de acción de la Fisiología, conquistando, en cambio, para la Psicología una parte considerable de la Patología. La máxima fuerza probatoria corresponde aquí a los fenómenos normales, sin que pueda acusarse al psicoanálisis de transferir a lo normal conocimientos extraídos del material patológico, pues aporta sus pruebas independientemente unas de otras en cada uno de dichos sectores y muestran así que los procesos normales y los llamados patológicos siguen las mismas reglas.

De los fenómenos normales a que nos venimos refiriendo, esto es, de los observables en hombres normales, dedicaremos atención preferente a dos: las funciones fallidas y los sueños. Las funciones fallidas, o sea el olvido ocasional de palabras y nombres, el de propósitos, las equivocaciones orales en la lectura y la escritura, el extravío de objetos, la pérdida definitiva de los mismos, determinados errores contrarios a nuestro mejor conocimiento, algunos gestos y movimientos habituales, todo esto que reunimos bajo el nombre común de funciones fallidas del hombre sano y normal ha sido, en general, muy poco atendido por la Psicología, atribuyéndose a la «distracción» y considerándose derivado de la fatiga, de la falta de atención o de un afecto accesorio de ciertos leves estados patológicos. La investigación analítica ha demostrado con suficiente certeza que tales factores últimamente citados constituyen, todo lo más, circunstancias favorables a la producción de los fenómenos de referencia, pero nunca condiciones indispensables de la misma. Las funciones fallidas son verdaderos fenómenos psíquicos y entrañan siempre un sentido y una tendencia, constituyendo la expresión de determinadas intenciones, que a consecuencia de la situación psicológica dada no encuentran otro medio de exteriorizarse. Tal situación, es, por lo general, la correspondiente a un conflicto psíquico y en ella queda privada de expresión directa y derivada por caminos indirectos la tendencia vencida. El individuo que comete el acto fallido puede darse cuenta de él y puede conocer separadamente la tendencia reprimida que en su fondo existe, pero ignora, en cambio, casi siempre y hasta que el análisis se lo revela, la relación causal existente entre la tendencia y el acto. Los análisis de las funciones fallidas son, muchas veces, fáciles y rápidos. Una vez advertido el fallo por el sujeto, su primera ocurrencia suele traer consigo la explicación buscada.

Los actos fallidos constituyen el material más cómodo para confirmar las hipótesis psicoanalíticas. En un trabajo que data de 1904 he reunido numerosos ejemplos de este orden, con su interpretación correspondiente, colección que ha sido luego aumentada por las aportaciones de otros observadores. El motivo que más frecuentemente nos mueve a reprimir una intención, obligándola así a contentarse con hallar expresión indirecta en un acto fallido, es la evitación de displacer. De este modo olvidamos tenazmente un nombre propio cuando abrigamos hacia la persona a quien corresponde un secreto enfado o dejamos de realizar propósitos que sólo a disgusto hubiéramos llevado a cabo, forzados, por ejemplo, por las conveniencias sociales. Perdemos un objeto cuando nos hemos enemistado con la persona a quien nos recuerda o que nos lo ha regalado. Tomamos un tren equivocado cuando emprendemos el viaje a disgusto y hubiéramos querido permanecer en donde estábamos a trasladarnos a lugar distinto. Donde más claramente se nos muestra la evitación de displacer como causa de estos fallos funcionales es en el olvido de impresiones y experiencias, circunstancia observada ya por autores preanalíticos. La memoria es harto parcial y presenta una gran disposición a excluir de la reproducción aquellas impresiones a las que va unido un afecto penoso, aunque no siempre lo consiga.

En otros casos el análisis de un acto fallido resulta menos sencillo y conduce a soluciones menos transparentes a causa de la intervención de un proceso, al que damos el nombre de desplazamiento. Así, cuando olvidamos el nombre de una persona contra la cual nada tenemos, el análisis nos hace ver que dicho nombre ha despertado asociativamente el recuerdo de otra persona de nombre igual o semejante que nos inspira disgusto. El olvido del nombre de la persona inocente ha sido consecuencia de tal relación, resultando así que la intención de olvidar ha sufrido una especie de desplazamiento a lo largo de un determinado camino asociativo. La intención de evitar displacer no es la única causa de los actos fallidos. El análisis descubre en muchos casos otras tendencias que, habiendo sido reprimidas en la situación correspondiente, han tenido que manifestarse como perturbaciones de una función. Así, las equivocaciones orales delatan muchas veces pensamientos que el sujeto quería mantener ocultos a su interlocutor. Varios grandes poetas han comprendido este sentido de tales equivocaciones y las han empleado en sus obras. La pérdida de objetos valiosos resulta ser muchas veces un sacrificio, encaminado a alejar una desgracia temida, no siendo ésta la única superstición que aún se impone a los hombres cultos bajo la forma de un acto fallido. El extravío temporal de objetos no es, por lo común, sino la realización inconsciente del deseo de verlos desaparecer, y su rotura, la de sustituirlos por otros mejores.

La explicación psicoanalítica de las funciones fallidas trae consigo, no obstante la insignificancia de esos fenómenos, cierta modificación de nuestra concepción del mundo. Hallamos, además, que el hombre normal aparece movido por tendencias contradictorias con mucha mayor frecuencia de lo que sospechábamos. El número de acontecimientos a los que damos el nombre de «casuales» queda considerablemente limitado. En cierto modo resulta consolador pensar que la pérdida de objetos no constituye casi nunca una casualidad, y que nuestra torpeza no es muchas veces sino un disfraz de intenciones ocultas. Mucha mayor importancia entraña el descubrimiento analítico de una participación inconfesada de la propia voluntad del sujeto en numerosos accidentes graves, que de otro modo hubieran sido adscritos a la casualidad. Este hallazgo del psicoanálisis viene a hacer aún más espinosa la diferenciación entre la muerte por accidente casual y el suicidio, tan difícil ya en la práctica. La explicación de los actos fallidos presenta, desde luego, un innegable valor teórico por la sencillez de la solución y la frecuencia de tales fenómenos en el hombre normal. Pero como el resultado del psicoanálisis no es comparable en importancia al obtenido en la aplicación de la misma a otro fenómeno distinto de la vida anímica de los hombres sanos.

Me refiero a la interpretación de los sueños con la cual comienza el psicoanálisis a situarse enfrente de la ciencia oficial. La investigación médica considera los sueños como un fenómeno puramente somático, desprovisto de todo sentido y significación, no viendo en ello sino la reacción del órgano anímico, dormido a estímulos somáticos, que le fuerzan a despertar parcialmente. El psicoanálisis, superando la singularidad, la incoherencia y el absurdo del fenómeno onírico lo eleva a la categoría de un acto psíquico que posee sentido e intención propios y ocupa un lugar en la vida anímica del individuo. Para ella, los estímulos somáticos no son sino uno de los materiales que la formación de los sueños elabora. Entre estas dos concepciones de los sueños no hay acuerdo posible. En contra de la concepción fisiológica, testimonia su infertilidad. A favor del psicoanálisis puede aducirse el haber traducido con pleno sentido y aplicado al descubrimiento de la más íntima vida anímica del hombre millares de sueños.

En un trabajo publicado en 1900 he tratado el importantísimo tema de la interpretación de los sueños, teniendo luego la satisfacción de comprobar que casi todos mis colaboradores en la investigación psicoanalítica han confirmado y propulsado, con sus propias aportaciones, las teorías por mí iniciadas en el mismo. Hoy en día se reconoce unánimemente que la interpretación de los sueños es la piedra angular de la labor psicoanalítica y que sus resultados constituyen la más importante aportación del psicoanálisis a la Psicología. No me es posible exponer aquí la técnica por medio de la cual se llega a la interpretación de los sueños, ni tampoco fundamentar los resultados a los que ha conducido la elaboración psicoanalítica de los mismos. Habré, pues, de limitarme a señalar algunos nuevos conceptos, comunicar los resultados analíticos y acentuar su importancia para la psicología normal. Así, pues, el psicoanálisis nos enseña lo siguiente: Todo sueño posee un sentido; su singularidad procede de las deformaciones que ha sufrido la expresión del mismo; su absurdo es intencionado y expresa la burla, el insulto y la contradicción; su incoherencia es diferente para la interpretación. Lo que del sueño recordamos al despertar no es sino su contenido manifiesto. Aplicando a este contenido manifiesto la técnica interpretadora, llegamos a las ideas latentes que se esconden detrás de él, confiándole su representación. Estas ideas latentes no son ya singulares, incoherentes ni absurdas, sino elementos plenamente significativos de nuestro pensamiento despierto. El proceso que ha transformado las ideas latentes del sueño en el contenido manifiesto del mismo es designado por nosotros con el nombre de elaboración del sueño, y es el que lleva a cabo la deformación, a consecuencia de la cual no reconocemos ya en el contenido del sueño las ideas del mismo.

La elaboración onírica es un proceso de un orden desconocido antes en Psicología y presenta un doble interés. En primer lugar nos descubre procesos nuevos tales como la condensación (de representaciones) y el desplazamiento (del acento psíquico desde una representación a otra), que no hemos hallado en el pensamiento despierto o sólo como base de los llamados errores mentales. Pero, además, nos permite adivinar en la vida anímica un dinamismo cuya acción permanecía oculta a nuestra percepción consciente. Advertimos que existe en nosotros una censura, una instancia examinadora que decide si una representación emergente debe o no llegar a la conciencia, y excluye inexorablemente, dentro de su radio de acción, todo lo que puede producir displacer o despertarlo de nuevo. Recordaremos que tanto esta tendencia a evitar el displacer provocado por el recuerdo como de los conflictos surgidos entre las tendencias de la vida anímica encontramos ya indicios en el análisis de las funciones fallidas. El estudio de la elaboración de los sueños nos impone una concepción de la vida psíquica que parece resolver las cuestiones más discutidas de la Psicología. La elaboración onírica nos obliga a suponer la existencia de una actividad psíquica inconsciente más amplia e importante que la enlazada a la conciencia, y ya conocida y explorada. (Sobre este punto retornaremos al ocuparnos del interés filosófico del psicoanálisis.) Asimismo nos permite llevar a cabo una articulación del aparato psíquico en varias instancias o sistemas, y demuestra que en el sistema de la actividad anímica inconsciente se desarrollan procesos de naturaleza muy distintos a la de los que son percibidos en la conciencia.

La función de la elaboración onírica no es sino la de mantener el estado de reposo. «El sueño (fenómeno onírico) es el guardián del estado de reposo.» Por su parte, las ideas del sueño pueden hallarse al servicio de las más diversas funciones anímicas. La elaboración onírica cumple su cometido, representando realizado, en forma alucinatoria, un deseo emergente de las ideas del sueño. Puede decirse sin temores que el estudio psicoanalítico de los sueños ha procurado la primera visión de una psicología abismal o psicología de lo inconsciente no sospechada hasta ahora. La psicología normal habrá, pues, de sufrir modificaciones fundamentales para armonizarse con estos nuevos conocimientos. No nos es posible llevar a cabo, dentro de los límites de este trabajo, una exposición completa del interés psicológico de la interpretación de los sueños. Dejando bien afirmado que los sueños son un fenómeno pleno de sentido, y como tal objeto de la Psicología, pasaremos a ocuparnos de los descubrimientos aportados a la Psicología por el psicoanálisis en el terreno patológico.

Si las novedades psicológicas deducidas del estudio de los sueños y de las funciones fallidas poseen existencia y valores reales, habrán de ayudarnos a la explicación de otros fenómenos. Así sucede, en efecto, y el psicoanálisis ha demostrado que las hipótesis de la actividad anímica inconsciente, la censura y la represión, la deformación y la producción de sustitutivos, deducidas del análisis de aquellos fenómenos normales, nos facilitan por vez primera la comprensión de toda una serie de fenómenos patológicos, proporcionándonos, por decirlo así, la clave de todos los enigmas de la psicología de las neurosis. Los sueños se constituyen de este modo en prototipo normal de todos los productos psicopatológicos y su comprensión nos descubre los mecanismos psíquicos de las neurosis y psicosis. Partiendo de sus investigaciones sobre los sueños ha podido edificar el psicoanálisis una psicología de las neurosis, que una continuada labor va haciendo cada vez más completa. Para la demostración aquí intentada del interés psicológico de nuestra disciplina, sólo precisamos tratar con cierta amplitud dos puntos de aquel magno conjunto: la demostración de que muchos fenómenos de la Patología que se creía deber explicar fisiológicamente son actos psíquicos, y la de que los procesos que producen los resultados anormales pueden ser atribuidos a fuerzas motoras psíquicas.

Aclaremos la primera de estas afirmaciones con algunos ejemplos. Los ataques histéricos han sido reconocidos, hace ya mucho tiempo, como signos de una elevada excitación emotiva y equiparados a las explosiones de afecto. Charcot intentó encerrar la diversidad de sus formas en fórmulas descriptivas. J. Janet descubrió la representación inconsciente que actúa detrás de estos ataques. El psicoanálisis ha visto en ellos representaciones mímicas de escenas vividas o fantaseadas que ocupan la imaginación del enfermo sin que el mismo tenga conciencia de ellas. El sentido de tales pantomimas queda velado a los ojos del espectador por medio de condensaciones y deformaciones de los actos representados. Este punto de vista resulta aplicable a todos los demás síntomas típicos de los enfermos histéricos. Todos ellos son, en efecto, representaciones mímicas o alucinatorias, de fantasías que dominan inconscientemente su vida emotiva, y significan una satisfacción de secretos deseos reprimidos. El carácter atormentador de estos síntomas procede del conflicto interior provocado en la vida anímica de tales enfermos por la necesidad de combatir dichos impulsos optativos inconscientes.

En otra afección neurótica -la neurosis obsesiva- quedan sujetos los pacientes a la penosa ejecución de un ceremonial sin sentido aparente, constituido por la repetición de actos totalmente indiferentes, tales como los de lavarse o vestirse, la obediencia a preceptos insensatos o la observación de misteriosas inhibiciones. Para la labor psicoanalítica constituyó un triunfo llegar a demostrar que todos estos actos obsesivos, hasta los más insignificantes, poseen pleno sentido y reflejan por medio de un material indiferente los conflictos de la vida, la lucha entre las tentaciones y las coerciones morales, el mismo deseo rechazado y los castigos y penitencias con los que se quiere compensar. En otra distinta forma de la misma enfermedad padece el sujeto ideas penosas, representaciones obsesivas cuyo contenido se le impone imperiosamente, acompañadas de afectos cuya naturaleza e intensidad no corresponden casi nunca al contenido de las ideas obsesivas. La investigación analítica ha demostrado aquí que tales afectos se hallan perfectamente justificados, correspondiendo a reproches basados, por lo menos, en una realidad psíquica. Pero las ideas adscritas a dichos afectos no son ya las primitivas, sino otras distintas, enlazadas a ellos por un desplazamiento (sustitución) de algo reprimido. La reducción de estos desplazamientos abre el camino hasta el conocimiento de las ideas reprimidas y nos demuestra que el enlace del afecto y la representación es perfectamente adecuado.

En otra afección nerviosa, la incurable demencia precoz (parafrenia, esquizofrenia), en la cual los enfermos muestran una absoluta indiferencia, hallamos frecuentemente como únicos actos ciertos movimientos y gestos, uniformemente repetidos, a los que se ha dado el nombre de «estereotipias». La investigación analítica de tales actos (llevada a cabo por C. G. Jung) ha permitido reconocer en ellos residuos de actos mímicos plenos de sentido, por medio de los cuales se creaban antes una expresión los impulsos optativos que dominaban al sujeto. La aplicación de las hipótesis analíticas a los discursos más absurdos y a las actitudes y gestos más singulares de estos enfermos ha permitido su comprensión y su integración en la vida anímica conjunta del sujeto. Análogamente sucede con los delirios, alucinaciones y sistemas delirantes de otros diversos enfermos mentales. Allí donde parecía reinar la más singular arbitrariedad ha descubierto la labor psicoanalítica una norma, un orden y una coherencia. Las más diversas formas patológicas psíquicas han sido reconocidas como resultados de procesos idénticos en el fondo, susceptibles de ser aprehendidos y descritos por medio de conceptos psicológicos. En todas partes hallamos la actuación del conflicto psíquico descubierto en la elaboración de los sueños: la represión de determinados impulsos instintivos, rechazados a lo inconsciente por otras fuerzas psíquicas; los productos reactivos de las fuerzas represoras y los productos sustitutivos de las fuerzas reprimidas, pero no despojadas totalmente de su energía. Por todas partes también encontramos en estos procesos aquellos otros -la condensación y el desplazamiento- que nos fueron dados a conocer por el estudio de los sueños. La diversidad de las formas patológicas observadas en la clínica de Psiquiatría depende de otros dos factores: de la multiplicidad de los mecanismos psíquicos de que dispone la labor de la represión y de la multiplicidad de las disposiciones histórico-evolutivas que permiten a los impulsos reprimidos llegar a constituirse en productos sustitutivos.

Una buena mitad de la labor psiquiátrica es encomendada por el psicoanálisis a la Psicología. Pero constituirá un grave error suponer que el análisis aspira a una concepción puramente psicológica de las perturbaciones anímicas. No puede desconocer que la otra mitad de la labor psiquiátrica tiene por contenido la influencia de factores orgánicos (mecánicos, tóxicos, infecciosos) sobre el aparato anímico. En la etiología de los trastornos psíquicos no admite, ni aun para los más leves, como lo son las neurosis, un origen puramente psicógeno, sino que busca su motivación en la influenciación de la vida anímica por un elemento indudablemente orgánico, del que más adelante trataremos. Los resultados psicoanalíticos, susceptibles de alcanzar una importante significación para la Psicología general, son demasiado numerosos para que podamos detallarlos en este breve trabajo. Unicamente citaremos, sin detenernos en su examen, dos puntos determinados: el modo inequívoco en que el psicoanálisis reclama para los procesos afectivos la primacía en la vida anímica y su demostración de que en el hombre normal se da, lo mismo que en el enfermo, una insospechada perturbación y obnubilación afectiva del intelecto.

viernes, 7 de agosto de 2009

FUNDAMENTOS TEÓRICOS DEL PSICOANÁLISIS. Sigmund Freud -1926-





El psicoanálisis conquista cada vez más adeptos como método terapéutico, debido a que rinde a los pacientes un beneficio mucho mayor que ninguna otra forma de tratamiento. Su principal sector de aplicación es el de las neurosis más leves, como la histeria, las fobias y los estados obsesivos; además, permite alcanzar considerables mejorías y hasta curaciones en las deformaciones del carácter y en las inhibiciones y desviaciones sexuales. Su influencia sobre la demencia precoz y la paranoia es dudosa, mientras que en circunstancias favorables puede hacer frente aun a los más graves estados depresivos.

En todos los casos el tratamiento impone arduas demandas, tanto al médico como al paciente: aquél debe contar con una formación especializada y debe dedicar un largo período a la exploración profunda de cada caso; el paciente ha de realizar considerables sacrificios, tanto materiales como psíquicos. Sin embargo, los resultados compensan por lo común todos los esfuerzos. Tampoco el psicoanálisis es una panacea conveniente para todos los trastornos psíquicos (cito, tute, jucunde; rápido,seguro, con alegría); por el contrario, su aplicación ha venido a revelar por primera vez las dificultades y las limitaciones con que se enfrenta el tratamiento de estas afecciones. Por el momento, sólo en Berlín y en Viena existen instituciones privadas que tornan accesible el tratamiento psicoanalítico también a las clases obreras e indigentes.

Los resultados terapéuticos del psicoanálisis se fundan en la sustitución de actos psíquicos inconscientes por otros conscientes, y su alcance llega hasta donde se extiende la injerencia de este proceso en la enfermedad a tratar. Dicha sustitución se lleva a cabo superando resistencias internas en la vida psíquica del paciente. En el futuro probablemente se adjudicará una importancia mucho mayor al psicoanálisis como ciencia de lo inconscienteque como procedimiento terapéutico.

Psicología profunda. El psicoanálisis, en su carácter de psicología profunda, considera la vida psíquica desde tres puntos de vista: el dinámico, el económico y el topográfico.

Desde el primer punto de vista, el dinámico deriva todos los procesos psíquicos -salvo la recepción de estímulos exteriores de un interjuego de fuerzas que se estimulan o se inhiben mutuamente, que se combinan entre sí, que establecen transacciones las unas con las otras, etc. Todas las fuerzas tienen originalmente el carácter de instintos, o sea, que son de origen orgánico; se caracterizan por poseer una inmensa capacidad de persistencia (somática) y una reserva de poderío (compulsión a la repetición); finalmente, halla su representación psíquica en imágenes o ideas afectivamente cargadas (catexias). En el psicoanálisis, no menos que en las otras ciencias, la teoría de los instintos es un tema poco conocido. El análisis empírico nos lleva a establecer dos grupos de instintos: los denominados instintos del yo, cuyo fin es la autoconservación, y los instintos objetales, que conciernen a la relación con los objetos exteriores. Los instintos sociales no son aceptados con carácter elemental e irreducible.

La especulación teórica permite suponer la existencia de dos instintos fundamentales que yacerían ocultos tras los instintos yoicos y objetales manifiestos, a saber: a) el Eros, instinto tendiente a la unión cada vez más amplia, y b) el instinto de destrucción, conducente a la disolución de todo lo viviente. La manifestación energética del Eros se llama en psicoanálisis libido.

Principio del placer-displacer. Desde el punto de vista económico, el psicoanálisis admite que las representaciones psíquicas de los instintos están cargadas con determinadas cantidades de energía (catexias) y que el aparato psíquico tiene la tendencia de evitar todo estancamiento de estas energías, manteniendo lo más baja que sea posible la suma total de las excitaciones a las cuales está sometido. El curso de los procesos psíquicos es regulado automáticamente por el principio del placer-displacer, de manera tal que en una u otra forma el displacer aparece siempre vinculado con un aumento y el placer con una disminución de la excitación. En el curso del desarrollo, el primitivo principio del placer experimenta una modificación determinada por la consideración con el mundo exterior (principio de la realidad), mediante la cual el aparato psíquico aprende a diferir las satisfacciones placenteras y a soportar transitoriamente las sensaciones displacenteras.

Topografía psíquica. Topográficamente, el psicoanálisis concibe el aparato psíquico como un instrumento compuesto de varias partes y procura determinar en qué puntos del mismo tienen lugar los diversos procesos mentales. De acuerdo con las concepciones analíticas más recientes, el aparato mental está compuesto de un ello, que es el reservorio de los impulsos instintivos, de un yo que es la porción más superficial del ello, modificada por la influencia del mundo exterior, y de un superyó, desarrollado a partir del ello, que domina al yo y representa las inhibiciones de los instintos, características propias del ser humano.

También la cualidad de la conciencia posee su referencia topográfica, pues los procesos del ello son todos inconscientes, mientras que la consciencia es la función de la capa más superficial del yo, destinada a la percepción del mundo exterior.

Es ésta la oportunidad de intercalar dos advertencias. No se debe suponer que dichas nociones muy generales representen condiciones previas de las cuales depende la labor psicoanalítica.

Por el contrario, son sus conclusiones más recientes, y están, en todo sentido, expuestas a corrección. El psicoanálisis se halla sólidamente fundado en la observación de los hechos de la vida psíquica, de modo que su superestructura teórica es todavía incompleta y se encuentra en constante modificación. En segundo lugar, no hemos de asombrarnos si el psicoanálisis, que originalmente sólo pretendía explicar los fenómenos psíquicos patológicos, llegó a convertirse en una psicología de la vida psíquica normal. La justificación de tal desarrollo surgió al descubrirse que los sueños y los actos fallidos (las “parapraxias”, como las equivocaciones del habla, etc) de los seres normales responden al mismo mecanismo que los síntomas neuróticos.

Fundamentos teóricos. La primera tarea planteada al psicoanálisis fue la explicación de los trastornos neuróticos. La teoría analítica de las neurosis se apoya en tres pilares; son ellos las nociones de: 1) la represión, 2) la importancia de los instintos sexuales, 3) la transferencia.
Sigmund Freud, 1926

jueves, 6 de agosto de 2009

OBSERVACIONES SOBRE EL "AMOR DE TRANSFERENCIA" Sigmund Freud -1914-


OBSERVACIONES SOBRE


EL "AMOR DE TRANSFERENCIA"
1914



(Fragmento)


Resumiendo: no tenemos derecho alguno a negar al enamoramiento que surge en el tratamiento analítico el carácter del auténtico.
Si nos parece tan poco normal, ello se debe principalmente a que también el enamoramiento corriente, ajeno a la cura analítica, recuerda más bien los fenómenos anímicos anormales que los normales.
De todos modos, aparece caracterizado por algunos rasgos que le aseguran una posición especial: 1º) Es provocado por la situación analítica. 2º) Queda intensificado por la resistencia dominante en tal situación; y 3º) Es menos prudente, más indiferente a sus consecuencias y más ciego en la estimación de la persona amada que otro cualquier enamoramiento normal. Pero no debemos tampoco olvidar que precisamente estos caracteres divergentes de lo normal constituyen el nódulo esencial de todo enamoramiento.
Para la conducta del médico resulta decisivo el primero de los tres caracteres indicados. Sabiendo que el enamoramiento de la paciente ha sido provocado por la iniciación del tratamiento analítico de la neurosis, tiene que considerarlo como el resultado inevitable de una situación médica, análogo a la desnudez del enfermo durante un reconocimiento o a su confesión de un secreto importante.
En consecuencia, le estará totalmente vedado extraer de él provecho personal alguno. La buena disposición de la paciente no invalida en absoluto este impedimento y echa sobre el médico toda la responsabilidad, pues éste sabe perfectamente que para la enferma no existía otro camino de llegar a la curación. Una vez vencidas todas las dificultades, suelen confesar las pacientes que al emprender la cura abrigaban ya la siguiente fantasía: "Si me porto bien, acabaré por obtener, como recompensa, el cariño del médico."
Así, pues, los motivos éticos y los técnicos coinciden aquí para apartar al médico de corresponder al amor de la paciente. No cabe perder de vista que su fin es devolver a la enferma la libre disposición de su facultad de amar, coartada ahora por fijaciones infantiles, pero devolvérsela no para que la emplee en la cura, sino para que haga uso de ella más tarde, en la vida real, una vez terminado el tratamiento. No debe representar con ella la escena de las carreras de perros, en las cuales el premio es una ristra de salchichas, y que un chusco estropea tirando a la pista una única salchicha, sobre la cual se arrojan los corredores, olvidando la carrera y el copioso premio que espera al vencedor. No he de afirmar que siempre resulta fácil para el médico mantenerse dentro de los límites que le prescriben la ética y la técnica. Sobre todo para el médico joven y carente aún de lazos fijos. Indudablemente, el amor sexual es uno de los contenidos principales de la vida, y la reunión de la satisfacción anímica y física en el placer amoroso constituye, desde luego, uno de los puntos culminantes de la misma. Todos los hombres, salvo algunos obstinados fanáticos, lo saben así, y obran en consecuencia, aunque no se atreven a confesarlo. Por otra parte, es harto penoso para el hombre rechazar un amor que se le ofrece, y de una mujer interesante que nos confiesa noblemente su amor, emana siempre, a pesar de la neurosis y la resistencia, un atractivo incomparable. La tentación no reside en el requerimiento puramente sensual de la paciente, que por sí solo quizá produjera un efecto negativo, haciendo preciso un esfuerzo de tolerante comprensión para ser disculpado como un fenómeno natural. Las otras tendencias femeninas, más delicadas, son quizá las que entrañan el peligro de hacer olvidar al médico la técnica y su labor profesional en favor de una bella aventura.
Y, sin embargo, para el analítico ha de quedar excluida toda posibilidad de abandono. Por mucho que estime el amor, ha de estimar más su labor de hacer franquear a la paciente un escalón decisivo de su vida. La enferma debe aprender de él a dominar el principio del placer y a renunciar a una satisfacción próxima, pero socialmente ilícita, en favor de otra más lejana e incluso incierta, pero irreprochable tanto desde el punto de vista psicológico como desde el social. Para alcanzar un tal dominio, ha de ser conducida a través de las épocas primitivas de su desarrollo psíquico y conquistar en este camino aquel incremento de la libertad anímica que distingue a la actividad psíquica consciente —en un sentido siste-mático— de la inconsciente.