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sábado, 27 de noviembre de 2010

AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD (1924-1925)

PRIMEROS ESTUDIOS SOBRE LA HISTERIA.

Histérica, mujer distinguida y de geniales dotes, que había acudido a mí después de no haber hallado alivio alguno en las prescripciones de otros médicos. Por medio de la sugestión hipnótica conseguí procurarle una existencia soportable, logrando extraerla de su miserable estado. El hecho de que al cabo de algún tiempo recayese siempre, lo atribuí, en mi desconocimiento de las circunstancias verdaderas, a que su hipnosis no había llegado a alcanzar nunca el grado de somnambulismo con amnesia. Bernheim intentó también hipnotizarla profundamente, pero tampoco lo consiguió, confesando luego sinceramente que sus grandes éxitos terapéuticos habían sido siempre con pacientes de su sala del hospital, nunca con enfermos de su consulta privada.
Durante mi estancia en Nancy tuve con él varias interesantísimas conversaciones y acepté el encargo de traducir al alemán sus dos obras sobre la sugestión y sus efectos terapéuticos. De 1886 a 1891 abandoné casi por completo la investigación científica y apenas publiqué algo. Tuve, en efecto, que dedicar todo mi tiempo a afirmarme en mi nueva actividad y a asegurar la existencia material de mi familia, que iba creciendo rápidamente. En 1891 publiqué mi primer trabajo sobre las parálisis cerebrales infantiles, escrito en colaboración con el doctor Oskar Rie, mi amigo y ayudante. Asimismo fui invitado a encargarme de la parte referente a la teoría de la afasia, dominada entonces por el punto de vista de la localización, sostenido por Wernicke y Lichtheim en una obra de Medicina. Un librito crítico-especulativo, titulado Sobre la afasia, fue el fruto de esta labor. Pasaré ahora a describir cómo la investigación científica volvió a constituir el interés capital de mi vida.
Completando la exposición que precede, añadiré que desde un principio me serví del hipnotismo para un fin distinto de la sugestión hipnótica. Lo utilicé, en efecto, para hacer que el enfermo me revelase la historia de la génesis de sus síntomas, sobre la cual no podía muchas veces proporcionarme dato alguno hallándose en estado normal.
Este procedimiento, a más de entrañar una mayor eficacia que los simples mandatos y prohibiciones de la sugestión, satisfacía la curiosidad científica del médico, el cual poseía un indiscutible derecho a averiguar algo del origen del fenómeno, cuya desaparición intentaba lograr por medio del monótono procedimiento de la sugestión. A este otro procedimiento llegué del modo siguiente: Hallándome aún en el laboratorio de Brücke conocí al doctor José Breuer, uno de los médicos de cabecera más considerados de Viena, que poseía además un pasado científico, pues era autor de varios valiosos trabajos sobre la fisiología de la respiración y sobre el órgano del equilibrio. Era Breuer un hombre de inteligencia sobresaliente, catorce años mayor que yo. Nuestras relaciones se hicieron pronto íntimas, y Breuer llevó su amistad hasta auxiliarme en situaciones difíciles de mi vida. Durante muchos años compartimos todo interés científico, siendo yo, naturalmente, a quien este intercambio beneficiaba más. El desarrollo del psicoanálisis me costó después su amistad. Muy difícil me fue prescindir de ella, pero resultó inevitable.
Antes de mi viaje a París me había comunicado ya Breuer un caso de histeria, sometido por él desde 1880 a 1882 a un tratamiento especial, por medio del cual había conseguido penetrar profundamente en la motivación y significación de los síntomas histéricos. Esto sucedía en una época en la que los trabajos de Janet pertenecían aún al futuro. Breuer me leyó varias veces fragmentos del historial clínico de dicho caso, que me dieron la impresión de constituir un progreso decisivo en la inteligencia de las neurosis. Durante mi estancia en París di cuenta a Charcot de los descubrimientos de Breuer, pero el maestro no demostró interesarse por ellos. De retorno a Viena, hice que Breuer me comunicase más detalladamente sus observaciones. La paciente era una muchacha de ilustración y aptitudes nada comunes, cuya dolencia había comenzado a manifestarse en ocasión de hallarse dedicada al cuidado de su padre, gravemente enfermo. Cuando acudió a la consulta de Breuer, ofrecía un variado cuadro sintomático: parálisis, con contracciones, inhibiciones y estado de perturbación psíquica. Una observación casual reveló al médico que la paciente podía ser libertada de tales perturbaciones de la conciencia cuando se le hacia dar una expresión verbal a la fantasía afectiva que de momento la dominaba. De este descubrimiento dedujo Breuer un método terapéutico.

Sumiendo a la sujeto en un profundo sueño hipnótico, la hacía relatar lo que en aquellos instantes oprimía su ánimo. Dominados así los accesos de perturbación depresiva, empleó el mismo procedimiento para provocar la desaparición de las inhibiciones y de los trastornos somáticos. Durante el estado de vigilia, la paciente era tan incapaz como otros enfermos de indicar la génesis de sus síntomas y no encontraba conexión alguna entre ellos y algunas impresiones de su vida. Pero en la hipnosis hallaba inmediatamente el enlace buscado. Resultó así que todos sus síntomas se hallaban relacionados con intensas impresiones, recibidas durante el tiempo que pasó cuidando a su padre, enfermo, y que, por tanto, poseían un sentido, correspondiendo a restos o reminiscencias de tales situaciones afectivas. Generalmente resultaba que en ocasión de hallarse junto al lecho de su padre había tenido que reprimir un pensamiento o un impulso, en cuyo lugar y representación había luego aparecido el síntoma. Mas, por lo regular, cada síntoma no constituía el residuo de una sola escena «traumática», sino el resultado de la adición de numerosas situaciones análogas.
Cuando luego en la hipnosis recordaba la sujeto alucinatoriamente una tal situación y realizaba a posteriori el acto psíquico antes reprimido, dando libre curso al afecto correspondiente, desaparecía definitivamente el síntoma. Por medio de este procedimiento consiguió Breuer, después de una larga y penosa labor, libertar a la enferma de todos sus síntomas.
La sujeto quedó así curada, y no volvió a experimentar perturbación alguna del orden histérico, habiéndose demostrado luego capaz de importantes rendimientos intelectuales. Pero el desenlace del tratamiento quedaba envuelto para mi en una cierta oscuridad, que Breuer no quiso nunca disipar. También me era imposible comprender por qué había mantenido secreto durante tanto tiempo su descubrimiento, que yo consideraba inestimable, en lugar de hacerlo público, en provecho de la ciencia. La única objeción admisible era la de si debía generalizar un hecho comprobado tan sólo en un único caso, pero las circunstancias descubiertas me parecían de naturaleza tan fundamental, que, una vez demostradas en un caso de histeria, tenían, a mi juicio, que aparecer integradas en todo enfermo de este orden. Ahora bien: siendo ésta una cuestión que sólo la experiencia podía decidir, comencé a repetir con mis pacientes las investigaciones de Breuer, no empleando con ellos método ninguno distinto, sobre todo después que mi visita a Bernheim en 1889 me hubo revelado los límites eficaces de la sugestión hipnótica, y al cabo de varios años, durante los cuales no hallé un solo caso de histeria que siendo accesible a dicho método no confirmase los descubrimientos de Breuer, habiendo reunido un importante material de observaciones análogas a las suyas, le propuse publicar un trabajo común sobre la materia, cosa a la que comenzó por resistirse tenazmente. Por último, cedió a mis instancias cuando ya Janet se había adelantado, publicando en sus trabajos una parte de los resultados anteriormente obtenidos por Breuer; esto es, la referencia de los síntomas histéricos a impresiones de la vida del sujeto y su supresión por medio de la reproducción hipnótica in statu nascendi. Así, pues, dimos a la estampa en 1893 una «comunicación interna», titulada Sobre el mecanismo psíquico de los fenómenos histéricos, y en 1895, nuestro libro Estudios sobre la histeria.
El contenido de este libro es, en su parte esencial, de Breuer, circunstancia que siempre he declarado honradamente y que hago constar aquí una vez más. En la teoría que en él se intenta elaborar trabajé en una medida cuya determinación no es ya hoy posible. Esta teoría se mantiene dentro de límites modestísimos, no yendo mucho más allá de una expresión inmediata de las observaciones realizadas. No intenta fijar la naturaleza de la histeria, sino tan sólo esclarecer la génesis de sus síntomas. En esta labor acentúa la significación de la vida afectiva y la importancia de la distinción entre actos psíquicos inconscientes y conscientes (o mejor, capaces de conciencia) e introduce un factor dinámico, haciendo nacer el síntoma del estancamiento de un afecto y un factor económico, considerando al mismo síntoma como el resultado de la transformación de un montante de energía, utilizado normalmente de un modo distinto (la llamada «conversión»). Breuer dio a nuestro método el calificativo de «catártico», y declaró que su síntoma terapéutico era el de hacer que el montante de afecto usado para mantener el síntoma y estancado en vías erradas, y sea llevado a la descarga (o abreación) por vías normales.
Este método catártico alcanzó excelentes resultados. Los defectos que más tarde demostró entrañar son los inherentes a todo tratamiento hipnótico. Todavía actualmente hay muchos psicoterapeutas que continúan empleando este método tal y como Breuer lo empleaba. En el tratamiento de las neurosis de guerra en el Ejército alemán durante la conflagración europea, lo ha utilizado E. Simmel con éxito satisfactorio como procedimiento curativo abreviado. La sexualidad no desempeñaba en la teoría de la catarsis papel importante alguno. En los historiales clínicos aportados por mí a los Estudios sobre la histeria intervienen ciertamente factores de la vida sexual; pero apenas se les concede un valor distinto del de las restantes excitaciones afectivas. De su primera paciente, que ha llegado a adquirir celebridad, cuenta Breuer que lo sexual se hallaba en ella sorprendentemente poco desarrollado. Por los Estudios sobre la histeria no sería fácil adivinar la importancia de la sexualidad en la etiología de las neurosis. Continúa…

martes, 26 de octubre de 2010

AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD (1924-1925)

LA HIPNOSIS Y LA CATARSIS.


Pero si quería vivir del tratamiento de los enfermos nerviosos había de ponerme en condiciones de presentarles algún auxilio. Mi arsenal terapéutico no comprendía sino dos armas, la electroterapia y la hipnosis, pues el envío del enfermo a unas aguas medicinales después de una única visita no constituía una fuente suficiente de rendimiento. Por lo que respecta a electroterapia, me confié al manual de W. Erb, que integraba prescripciones detalladas para el tratamiento de todos los síntomas nerviosos. Desgraciadamente, comprobé al poco tiempo que tales prescripciones eran ineficaces y que me había equivocado al considerarlas como una cristalización de observaciones concienzudas y exactas, no siendo sino una arbitraria fantasía. Este descubrimiento de que la obra del primer neuropatólogo alemán no tenga más relación con la realidad que un libro egipcio sobre los sueños, como los que se venden en baratillos me fue harto doloroso, pero me ayudó a libertarme de un resto de mi ingenua fe en las autoridades. Así, pues, eché a un lado el aparato eléctrico, antes que Moebius declarara decisivamente que los resultados del tratamiento eléctrico de los enfermos nerviosos no eran sino un efecto de la sugestión del médico.
La hipnosis era ya otra cosa. Siendo aún estudiante, asistía a una sesión pública del «magnetizador» Hansen y observé que uno de los sujetos del experimento palidecía al entrar en el estado de rigidez cataléptica y permanecía lívido hasta que el magnetizador le hacía volver a su estado normal. Esta circunstancia me convenció de la legitimidad de los fenómenos hipnóticos. Poco después halló esta opinión en Heindenhain, su representante científico, circunstancia que no le impidió a los profesores de Psiquiatría continuar afirmando que el hipnotismo era una farsa peligrosa y despreciando a los hipnotizadores. Por mi parte, había visto emplear sin temor alguno, en París, el hipnotismo, para crear síntomas y hacerlos luego desaparecer.
Poco después llegó a nosotros la noticia de que en Nancy había surgido una escuela que utilizaba ampliamente la sugestión, con hipnotismo o sin él, para fines terapéuticos, logrando sorprendentes resultados. Todas estas circunstancias me llevaron a hacer de la sugestión hipnótica mi principal instrumento de trabajo -aparte de otros métodos psicoterápicos más casuales y menos sistemáticos- durante mis primeros años de actividad médica.
Esto suponía la renuncia al tratamiento de las enfermedades nerviosas orgánicas, pero tal renuncia no significaba gran cosa, pues en primer lugar la terapia de tales estados no ofrecía porvenir ninguno, y en segundo, el número de enfermos de este género resultaba pequeñísimo, comparado con el de los neuróticos, número que aparece, además, multiplicado por el hecho de que los pacientes pasan de un médico a otro sin hallar alivio. Por último, el hipnotismo daba a la labor médica considerable atractivo. El médico se libertaba por vez primera del sentimiento de su impotencia, y se veía halagado por la fama de obtener curas milagrosas.
Más tarde descubrí los inconvenientes de este procedimiento, pero al principio sólo podía reprocharle dos defectos: primeramente, no resultaba posible hipnotizar a todos los enfermos, y en segundo lugar, no estaba al alcance del médico lograr, en determinados casos, una hipnosis tan profunda como lo creyese conveniente. Con el propósito de perfeccionar mi técnica hipnótica, fui en 1889 a Nancy, donde pasé varias semanas. Vi allí al anciano Liébault, en su conmovedora labor con las mujeres y niños de la población obrera, y fui testigo de los experimentos de Bernheim con los enfermos del hospital, adquiriendo intensas impresiones de la posible existencia de poderosos procesos anímicos que permanecían, sin embargo, ocultos a la conciencia. Pensando que sería valioso persuadí a una de mis pacientes seguirme a Nancy. Continúa…

domingo, 5 de julio de 2009

PSICOANÁLISIS: XXIX - CARÁCTER DEL PSICOANÁLISIS COMO CIENCIA EMPÍRICA

"Estoy aquí parado". Miguel Oscar Menassa



El psicoanálisis no es un sistema como los filosóficos, que parta de unos cuantos conceptos fundamentales precisamente definidos, intente aprehender con ellos la totalidad del universo y, una vez concluso y cerrado, no ofrezca espacio a nuevos hallazgos y mejores conocimientos. Se adhiere más bien a los hechos de su campo de acción, intenta resolver los problemas más inmediatos de la observación, tantea sin dejar el apoyo de la experiencia, se considera siempre inacabado y está siempre dispuesto a rectificar o sustituir sus teorías. Tolera tan bien como la Física o la Química que sus conceptos superiores sean oscuros, y sus hipótesis, provisionales, y espera de una futura labor una más precisa determinación de los mismos.

Psicoanálisis y Teoría de la libido. Sigmund Freud 1923

viernes, 3 de julio de 2009

PSICOANÁLISIS: XXVIII - APLICACIONES Y RELACIONES NO MÉDICAS DEL PSICOANÁLISIS


Nuestra exposición del psicoanálisis sería incompleta si omitiéramos manifestar que es la única disciplina médica que entraña amplísimas relaciones con las ciencias del espíritu, y está en vías de lograr, en cuanto a la historia de la religión y de la cultura, la mitología y la literatura, la misma significación que en cuanto a la Psiquiatría. Lo cual podría maravillar si se tiene en cuenta que originariamente no tenía otro fin que la comprensión y la influenciación de los síntomas neuróticos. Pero no es nada difícil indicar en qué punto de su evolución hubo de tenderse el puente que la unió a las ciencias del espíritu. Cuando el análisis de los sueños procuró un atisbo de los procesos anímicos inconscientes y mostró que los mecanismos que crean los síntomas patológicos actúan también en la vida psíquica normal, el psicoanálisis se convirtió en psicología profunda, y capaz como tal de aplicación a las ciencias del espíritu, pudo resolver una multitud de problemas ante los cuales la psicología oficial de los procesos conscientes tenía que detenerse perpleja.

Muy pronto ya se establecieron las relaciones con la filogénesis humana. Se descubrió cuán frecuentemente la función patológica no es más que una regresión a una fase evolutiva anterior de la norma. C. G. Jung fue el primero en señalar expresamente la sorprendente coincidencia entre las fantasías de los enfermos de dementia praecox y los mitos de los pueblos primitivos. Por mi parte, he llamado la atención sobre el hecho de que los dos impulsos optativos que componen el complejo de Edipo coinciden intrínsecamente con las dos prohibiciones capitales del totemismo (la de matar al patriarca y la de matrimoniar con mujer de la misma casta), y deduje de él amplias conclusiones. La significación del complejo de Edipo comenzó a crecer de un modo gigantesco. Surgió la sospecha de que el orden estatal, la moral, el derecho y la religión habían surgido conjuntamente en la época primordial de la Humanidad como productos de la reacción al complejo de Edipo. Otto Rank arrojó viva luz sobre la mitología y la historia de la literatura con la aplicación de los descubrimientos psicoanalíticos, y lo mismo Th. Reik sobre la historia de las religiones y las costumbres. El sacerdote O. Pfister, de Zurich, despertó el interés de los pastores de almas y los pedagogos, e hizo comprender el valor de los puntos de vista psicoanalíticos para la pedagogía. No es propicio este lugar para extendernos sobre tales aplicaciones del psicoanálisis; basta la observación de que su existencia no ve todavía un límite.

Psicoanálisis y Teoría de la libido. Sigmund Freud 1923

martes, 30 de junio de 2009

PSICOANÁLISIS: XXVII - CRITICAS E INTERPRETACIONES ERRADAS DEL PSICOANÁLISIS


"Corazón de fuego". Miguel Oscar Menassa

La mayor parte de lo que, incluso en obras científicas, se ha opuesto al psicoanálisis reposa en una información insuficiente, la cual parece, a su vez, fundada en resistencias afectivas. Así, es erróneo acusar al psicoanálisis de pansexualismo y pretender que deriva de la sexualidad todo el suceder anímico y lo refiere a ella. El psicoanálisis ha diferenciado más bien desde un principio los instintos sexuales de otros a los que provisionalmente ha denominado instintos del «yo». Jamás se le ha ocurrido querer explicarlo todo, y ni siquiera ha derivado la neurosis exclusivamente de la sexualidad, sino del conflicto entre las tendencias sexuales y el yo. El término libido no significa en psicoanálisis (salvo en los escritos de C. G. Jung) simplemente energía psíquica, sino la fuerza motriz de los instintos sexuales. Ciertas afirmaciones, como la de que todo sueño es un cumplimiento de deseos sexuales, no han sido jamás sentadas. El reproche de unilateralidad que se opone al psicoanálisis, el cual, como ciencia de lo inconsciente psíquico, tiene su dominio determinado y limitado, es tan inadecuado como si se dirigiera a la Química. Otro lamentable error de interpretación, sólo atribuible a ignorancia, es el de suponer que el psicoanálisis espera la curación de las afecciones neuróticas de una libre expansión de la sexualidad. La aportación de los deseos sexuales a la conciencia, conseguida por el análisis, hace más bien posible el dominio de los mismos, inalcanzable antes a causa de la represión. Puede más bien decirse que el análisis liberta al neurótico de las ligaduras de su sexualidad. Además, es absolutamente anticientífico preguntarse si el psicoanálisis puede llegar a echar por tierra la religión, la autoridad y la moral, puesto que, como toda ciencia, no tiene nada de tendenciosa y su único propósito es aprehender exactamente un trozo de la realidad. Por último, no puede parecernos más que una simpleza el temor de que los pretendidos bienes supremos de la Humanidad -la investigación, el arte, el amor y los sentimientos morales y sociales- puedan perder su valor o su dignidad porque el psicoanálisis esté en situación de mostrar su procedencia de impulsos instintivos elementales animales.
Psicoanálisis y Teoría de la Libido. Sigmund Freud 1923

viernes, 19 de junio de 2009

PSICOANÁLISIS: XXI - EL NARCISISMO

Alucinación tardía. Miguel O. Menassa

Su progreso teórico más importante ha sido la aplicación de la teoría de la libido al yo represor. Se llegó a representar el mismo yo como un depósito de libido -denominado narcisista-, del cual parten las cargas de libido de los objetos y al cual pueden las mismas retornar. Con ayuda de esta representación se hizo posible llegar al análisis del yo y llevar a cabo la diferenciación clínica de las psiconeurosis en neurosis de transferencia y afecciones narcisistas. En las primeras (histeria y neurosis obsesiva) hay disponible una medida de libido tendente a su transferencia a otros sujetos, la cual libido es utilizada para la práctica del tratamiento analítico. Las perturbaciones narcisistas (dementia praecox, paranoia y melancolía) se caracterizan, en cambio, por la retracción de la libido de los objetos y son, por tanto, apenas accesibles a la terapia analítica. Esta insuficiencia terapéutica no ha impedido, sin embargo, al análisis actuar en la más honda comprensión de las dolencias atribuidas a esta psicosis.


Psicoanálisis y teoría de la libido. S. Freud, 1923

lunes, 8 de junio de 2009

PSICOANÁLISIS: XI - LA SIGNIFICACIÓN ETIOLÓGICA DE LA VIDA SEXUAL

La segunda novedad surgida al sustituir la técnica hipnótica por la asociación libre fue de naturaleza clínica y se nos reveló al continuar la investigación de los sucesos traumáticos de los que parecían derivarse los síntomas histéricos. Cuanto más cuidadosamente llevábamos a cabo esta investigación más abundante se nos revelaba el encadenamiento de tales impresiones de significación etiológica y más se remontaban a la pubertad o la niñez del neurótico. Simultáneamente tomaron un carácter unitario, y, por último, tuvimos que rendirnos a la evidencia y reconocer que en la raíz de toda producción de síntomas existían impresiones traumáticas procedentes de la vida sexual más temprana. El trauma sexual sustituyó así al trauma trivial, y este último debía su significación etiológica a su relación simbólica o asociativa con el primero y precedente. Dado que la investigación simultáneamente emprendida de casos de nerviosidad corriente, clasificados como de neurastenia y neurosis de angustia, procuró la conclusión de que tales perturbaciones podían ser referidas a abusos actuales en la vida sexual y curadas con sólo la evitación de los mismos, no era nada aventurado deducir que las neurosis eran, en general, manifestación de perturbaciones de la vida normal: las llamadas neurosis actuales, la manifestación (químicamente facilitada) de daños presentes, y las psiconeurosis, la manifestación (psíquicamente elaborada) de daños muy pretéritos, de tal función, tan importante biológicamente y tan lamentablemente desatendida hasta entonces por la ciencia. Ninguna de las tesis del psicoanálisis ha hallado tan obstinada incredulidad ni tan tenaz resistencia como esta de la magna importancia etiológica de la vida sexual para las neurosis. Pero también hemos de hacer constar que, a través de toda su evolución y hasta el día, el psicoanálisis no ha encontrado motivo alguno de retirar tal afirmación.