martes, 2 de agosto de 2011

LIBIDO Y NARCISISMO. AUTOBIOGRAFÍA. Sgmund Freud (1924-25)

La historia del psicoanálisis se divide, para mí, en dos períodos, prescindiendo de su prehistoria catártica. En el primero me hallaba totalmente aislado, y tenía que llevar a cabo toda la labor. Este período duró desde 1895-6 a 1906-7. En el segundo, que se extiende desde la última fecha hasta la actualidad, han ido creciendo en importancia las aportaciones de mis discípulos y colaboradores; de manera que hoy, advertido de mi próximo fin por una grave enfermedad, puedo pensar serenamente en el término de mi propio rendimiento. Pero precisamente por tal razón no me es posible tratar en este trabajo de los progresos del psicoanálisis en el segundo período con la misma minuciosidad que he tratado de su paulatina edificación en el primero, lleno exclusivamente de actividad propia.
No me siento con derecho a mencionar aquí sino aquellos nuevos descubrimientos en los que me ha correspondido una amplia participación, o sea, los referentes a la teoría de los instintos y a la aplicación de nuestra disciplina a las psicosis. He de añadir que nuestra creciente experiencia nos ha demostrado cada vez con mayor evidencia que el complejo de Edipo constituye el nódulo de la neurosis, siendo el punto culminante de la vida sexual infantil y el foco del que parten todos los desarrollos ulteriores. Esta circunstancia dio fin a la esperanza de hallar por medio del análisis un factor específico de la neurosis, y hubimos de reconocer que las neurosis no poseen ningún contenido especial exclusivamente peculiar a ellas, y que los neuróticos sucumben bajo el peso de circunstancias que los normales logran dominar felizmente. Este descubrimiento no constituyó para nosotros sorpresa alguna, pues se armonizaba perfectamente con el anteriormente realizado de que psicología de las «profundidades», fruto del psicoanálisis, no era sino la psicología de la vida anímica normal. Nos había, pues, sucedido lo que a los químicos cuando comprobaron que las grandes diferencias cualitativas de los productos se reducían a modificaciones cuantitativas en las proporciones de la combinación de los mismos elementos.
En el complejo de Edipo se nos mostró enlazada la libido a la representación de los progenitores del sujeto; pero éste pasó antes por una época en la que carecía de todo objeto. De esta circunstancia dedujimos la existencia de un estado en el que la libido llena el propio yo, habiéndolo tomado como objeto. Este estado podía denominarse «narcisismo», y no era difícil adivinar que en realidad subsiste siempre, y que el yo continúa siendo a través de toda la vida el gran depósito de libido, del cual emanan las cargas de objeto, y al cual puede retornar la libido desde dichos objetos. Así pues, la libido narcisista se transforma continuamente en libido objetal, y viceversa.
El enamoramiento sexual o sublimado, que llega hasta el sacrificio del sujeto, nos ofrece un excelente ejemplo de la magnitud que esta transformación puede alcanzar. Hasta este momento sólo habíamos atendido en el proceso de la represión a lo reprimido, pero a partir de él nos fue ya posible llegar al conocimiento de los elementos represores. Sabíamos ya que la represión era efectuada por los instintos de conservación que actuaban en el yo (instintos del «yo»), y recaía sobre los instintos libidinosos. Ahora, al reconocer los instintos de conservación como de naturaleza libidinosa, esto es, como libido narcisista, vemos que el proceso de la represión se desarrolla dentro de la libido misma. La libido narcisista se opone a la libido objetal, y el interés de la propia conservación se defiende contra las exigencias del amor objetivo. Continúa…

miércoles, 27 de julio de 2011

AUTOBIOGRAFÍA. SIGMUND FREUD (1924-1925)

LA ASOCIACIÓN LIBRE Y LA INTERPRETACIÓN

Las teorías de la resistencia y de la represión de lo inconsciente, de la significación etiológica de la vida sexual y de la importancia de los sucesos infantiles son los elementos principales del edificio teórico psicoanalítico. Lamento no haber podido descubrirlos aquí sino por separado, sin entrar en su composición y relación; pero es ya tiempo de que dediquemos atención a las modificaciones que poco a poco han ido introduciéndose en la técnica del procedimiento analítico. El vencimiento de la resistencia por medio de la presión ejercida sobre el enfermo fue un primer método indispensable para proporcionar al médico una orientación en la materia; pero a la larga se hacía demasiado penoso, tanto para el médico como para el enfermo, y no parecía libre de ciertos graves defectos.
Hubimos, pues, de sustituirlo por otro método, contrario en cierto sentido. En lugar de llevar al paciente a manifestar algo relacionado con un tema determinado, le invitamos ahora a abandonarse a la asociación libre, esto es a manifestar todo aquello que acuda a su pensamiento, absteniéndose de toda represión final consciente.
Ahora bien: el paciente tiene que obligarse a comunicar realmente todo lo que su autopercepción le ofrezca, sin ceder a las objeciones críticas que tienden a rechazar algunas de sus ocurrencias por carecer de importancia, de conexión con el tema tratado o de todo sentido. Esta absoluta sinceridad del paciente es condición indispensable de la cura analítica. Puede parecer extraño que este procedimiento de la asociación libre, con observancia de la regla fundamental psicoanalítica, diera el rendimiento que de él se esperaba, llevando a la conciencia los elementos reprimidos mantenidos lejos de ella por las resistencias. Pero hemos de tener en cuenta que la asociación libre no entraña realmente una completa libertad.
El paciente permanece bajo la influencia de la situación analítica, aun cuando no dirija su actividad mental hacia un tema determinado. Tenemos derecho a suponer que no se le ocurrirá nada que no se halle relacionado con dicha situación. Su resistencia contra la reproducción de lo reprimido se manifestará ahora en dos formas distintas. Ante todo, por aquellas objeciones críticas a las que responde la regla psicoanalítica fundamental; pero si el enfermo logra dominar tales objeciones siguiendo dicha descripción, la resistencia adoptará una segunda forma, consiguiendo que las ocurrencias del paciente no contengan jamás lo reprimido, sino sólo algo como una alusión a ello, y cuanto mayor sea la resistencia, más se alejará la ocurrencia sustitutiva comunicada de los elementos reprimidos buscados. Continúa…

domingo, 1 de mayo de 2011

AMNESIA INFANTIL

La razón de esta singular negligencia me parece hallarse, en parte, en consideraciones convencionales de los autores, consecuencia de su propia educación, y, por otro lado, en un fenómeno psíquico que hasta ahora ha eludido toda explicación. Me refiero a la peculiar amnesia que oculta a los ojos de la mayoría de los hombres, aunque no de todos, los primeros años de su infancia hasta el séptimo o el octavo. No se nos habría ocurrido hasta ahora maravillarnos de esta amnesia, aunque había gran razón para ello, pues los que durante la infancia nos han rodeado nos comunican posteriormente que en estos años, de los que nada hemos retenido en nuestra memoria, fuera de algunos incomprensibles recuerdos fragmentarios, hubimos de reaccionar vivamente ante determinadas impresiones, sabiendo ya exteriorizar en forma humana dolores y alegrías, mostrando abrigar amor, celos y otras pasiones que nos conmovían violentamente, y ejecutando actos que fueron tomados por los adultos como prueba de una naciente capacidad de juicio. Más de esto no recordamos nada al llegar a la edad adulta. ¿Por qué razón permanece tan retrasada nuestra memoria con respecto a nuestras demás actividades anímicas, cuando tenemos fundados motivos para suponer que en ninguna otra época es esta facultad tan apta como en los años de la infancia para recoger las impresiones y reproducirlas luego?.
De otro lado hemos de suponer, o podemos convencernos de ello por la investigación psicológica, que las impresiones olvidadas, no por haberlo sido, han desaparecido de nuestra memoria sin dejar hondísima huella en nuestra vida psíquica y haber constituido una enérgica determinante de todo nuestro ulterior desarrollo. No puede existir, por tanto, una real desaparición de las impresiones infantiles; debe más bien tratarse de una amnesia análoga a aquella que comprobamos en los neuróticos con respecto a los sucesos sobrevenidos en épocas más avanzadas de la vida y que consiste en una mera exclusión de la conciencia (represión). Más ¿cuáles son las fuerzas que llevan a cabo esta represión de las impresiones infantiles? El que resolviera este problema habría aclarado definitivamente la esencia de la amnesia histérica. De todos modos, hemos de señalar que la existencia de la amnesia infantil nos proporciona un nuevo punto de comparación entre el estado anímico del niño y el del psiconeurótico, entre los cuales descubrimos ya una analogía al inferir que la sexualidad de los psiconeuróticos conserva la esencia infantil o ha retrocedido hasta ella. ¿Por qué, pues, no ha de poder referirse también la amnesia infantil a las emociones sexuales de la niñez? Esta posible conexión de la amnesia infantil con la histérica entraña máxima importancia.
La amnesia histérica, puesta al servicio de la represión, es tan sólo explicable por la circunstancia de que ya el individuo posee un acervo de huellas mnémicas que han sido sustraídas a la disposición consciente y que atraen, por conexión asociativa, aquellos elementos sobre los cuales actúan, desde la conciencia, las fuerzas repelentes de la represión. Sin la amnesia infantil puede decirse que no existiría la amnesia histérica. Opino, pues, que la amnesia infantil, que convierte para cada individuo la propia niñez en algo análogo a una época prehistórica y oculta a sus ojos los comienzos de su vida sexual, es la culpable de que, en general, no se conceda al período infantil un valor en cuanto al desarrollo de la vida sexual. Un único observador no puede llenar las lagunas que esto ha producido en nuestro conocimiento. Ya en 1896 hice yo resaltar la importancia de los años infantiles en la génesis de determinados fenómenos esenciales, dependientes de la vida sexual y desde entonces no se ha cesado de llamar la atención sobre el factor infantil en todo lo referente a las cuestiones sexuales. Continúa…
“Tres ensayos para una teoría sexual” S. Freud (1905)

sábado, 30 de abril de 2011

LA MORAL SEXUAL "CULTURAL" Y LA NERVIOSIDAD MODERNA. Sigmund Freud - 1908 - (X)

LA MORAL SEXUAL "CULTURAL" Y LA NERVIOSIDAD MODERNA. Sigmund Freud - 1908 -


Tócanos examinar ahora la cuestión de si el comercio sexual dentro del matrimonio legítimo puede ofrecer una compensación total de la restricción sexual anterior al mismo. El material en que fundamentar una respuesta negativa se nos ofrece tan abundante, que sólo muy sintéticamente podremos exponerlo. Recordaremos, ante todo, que nuestra moral sexual cultural restringe también el comercio sexual aun dentro del matrimonio mismo, obligando a los cónyuges a satisfacerse con un número por lo general muy limitado de concepciones. Por esta circunstancia no existe tampoco en el matrimonio un comercio sexual satisfactorio más que durante algunos años, de los cuales habrá de deducir, además, aquellos períodos en los que la mujer debe ser respetada por razones higiénicas. Al cabo de estos tres, cuatro o cinco años, el matrimonio falla por completo en cuanto ha prometido la satisfacción de las necesidades sexuales, pues todos los medios inventados hasta el día para evitar la concepción disminuyen el placer sexual, repugnan a la sensibilidad de los cónyuges o son directamente perjudiciales para la salud.

El temor a las consecuencias del comercio sexual hace desaparecer primero la ternura física de los esposos y más tarde, casi siempre, también la mutua inclinación psíquica destinada a recoger la herencia de la intensa pasión inicial. Bajo la desilusión anímica y la privación corporal, que es así el destino de la mayor parte de los matrimonios, se encuentran de nuevo transferidos los cónyuges al estado anterior a su enlace, pero con una ilusión menos y sujetos de nuevo a la tarea de dominar y desviar su instinto sexual. No hemos de entrar a investigar en qué medida lo logra el hombre llegado a plena madurez; la experiencia nos muestra que hace uso frecuente de la parte de libertad sexual que aún en el más riguroso orden sexual le concede, si bien en secreto y a disgusto. La «doble» moral sexual existente para el hombre en nuestra sociedad es la mejor confesión de que la sociedad misma que ha promulgado los preceptos restrictivos no cree posible su observancia.

Por su parte, las mujeres qué, en calidad de sustratos propiamente dichos de los intereses sexuales de los hombres, no poseen sino en muy escasa medida el don de la sublimación, y para las cuales sólo durante la lactancia pueden constituir los hijos una sustitución suficiente del objeto sexual; las mujeres, repetimos, llegan a contraer, bajo el influjo de las desilusiones aportadas por la vida conyugal graves neurosis que perturban duraderamente su existencia. Bajo las actuales normas culturales, el matrimonio ha cesado de ser hace mucho tiempo el remedio general de todas las afecciones nerviosas de la mujer. Los médicos sabemos ya, por el contrario, que para «soportar» el matrimonio han de poseer las mujeres una gran salud, y tratamos de disuadir a nuestros clientes de contraerlo con jóvenes que ya de solteras han dado muestras de nerviosidad. Inversamente, el remedio de la nerviosidad originada por el matrimonio sería la infidelidad conyugal. Pero cuanto más severamente educada ha sido una mujer y más seriamente se ha sometido a las exigencias de la cultura, tanto más temor le inspira este recurso, y en su conflicto entre sus deseos y sus deberes busca un refugio en la neurosis. Nada protege tan seguramente su virtud como la enfermedad. El matrimonio, ofrecido como perspectiva consoladora al instinto sexual del hombre culto durante toda la juventud, no llega, pues, a constituir siquiera una solución durante su tiempo. No digamos ya a compensar la renuncia anterior.


(Continúa)

viernes, 29 de abril de 2011

LA MORAL SEXUAL "CULTURAL" Y LA NERVIOSIDAD MODERNA. Sigmund Freud - 1908 - (II)

La moral sexual «cultural» y la nerviosidad moderna.
Sigmund Freud - 1908 -

Entre estos perjuicios, imputados a la moral sexual cultural, ha de echar de menos el médico uno cuya importancia analizaremos aquí detenidamente. Me refiero a la difusión, a ella imputable, de la nerviosidad en nuestra sociedad moderna. En ocasiones es el mismo enfermo nervioso quien llama la atención del médico sobre la antítesis, observable en la causación de la enfermedad, entre la constitución y las exigencias culturales, diciéndole: «En nuestra familia todos hemos enfermado de los nervios por haber querido llegar a ser algo más de lo que nuestro origen nos permitía.» No es tampoco raro que el médico se vea movido a reflexionar por la observación de qué precisamente sucumben a la nerviosidad los descendientes de aquellos hombres de origen campesino, sencillo y sano, procedentes de familias rudas, pero fuertes, que emigraron a la ciudad y conquistaron en ella posición y fortuna, haciendo que sus hijos se elevasen en un corto período de tiempo a un alto nivel cultural. Pero, además, los mismos neurólogos proclaman ya la relación del «incremento de la nerviosidad» con la moderna vida cultural. Algunas manifestaciones de los observadores más autorizados en este sector nos indicarán dónde se cree ver el fundamento de tal dependencia: W. Erb : «La cuestión planteada es la de si las causas de la nerviosidad antes expuestas se hallan realmente dadas en la vida moderna en tan elevada medida que expliquen el extraordinario incremento de tal enfermedad, y a esta interrogación hemos de contestar en el acto afirmativamente, pues nos basta para ello echar una rápida ojeada sobre nuestra vida moderna y su particular estructura.

»La simple enunciación de una serie de hechos generales basta ya para demostrar nuestro postulado; las extraordinarias conquistas de la Edad Moderna, los descubrimientos e invenciones en todos los sectores y la conservación del terreno conquistado contra la competencia cada vez mayor no se han alcanzado sino mediante una enorme labor intelectual, y sólo mediante ella pueden ser mantenidos. Las exigencias planteadas a nuestra capacidad funcional en la lucha por la existencia son cada vez más altas, y sólo podemos satisfacerlas poniendo en el empeño la totalidad de nuestras energías anímicas. Al mismo tiempo, las necesidades individuales y el ansia de goces han crecido en todos los sectores; un lujo inaudito se ha extendido hasta penetrar en capas sociales a las que jamás había llegado antes; la irreligiosidad, el descontento y la ambición han aumentado en amplios sectores del pueblo; el extraordinario incremento del comercio y las redes de telégrafos y teléfonos que envuelven el mundo han modificado totalmente el ritmo de la vida; todo es prisa y agitación; la noche se aprovecha para viajar; el día, para los negocios, y hasta los 'viajes de recreo' exigen un esfuerzo al sistema nervioso.



(Continúa)

jueves, 28 de abril de 2011

LA MORAL SEXUAL "CULTURAL" Y LA NERVIOSIDAD MODERNA. Sigmund Freud - 1908 - (VI)

LA MORAL SEXUAL "CULTURAL" Y LA NERVIOSIDAD MODERNA. Sigmund Freud - 1908 -




Si el daño de estas dos clases de perturbaciones del desarrollo es en realidad menor de lo que podría esperarse, ello se debe, sin duda, a la compleja composición del instinto sexual, que permite una estructuración final aprovechable a la vida sexual, aun cuando uno o varios componentes del instinto hayan quedado excluidos del desarrollo. Así, la constitución de los invertidos u homosexuales se caracteriza frecuentemente por una especial aptitud del instinto sexual para la sublimación cultural. De todos modos, un desarrollo intenso o hasta exclusivo de las perversiones o de la homosexualidad hace desgraciado al sujeto correspondiente y le inutiliza socialmente, resultando así que ya las exigencias culturales del segundo grado han de ser reconocidas como una fuente de dolor para cierto sector de la Humanidad. Los destinos de estas personas, cuya constitución difiere de la de sus congéneres, son muy diversos según la menor o mayor energía de su instinto sexual. Dado un instinto sexual débil, pueden los perversos alcanzar una coerción total de aquellas tendencias que los sitúan en conflicto con las exigencias morales de su grado de cultura. Pero éste es también su único rendimiento, pues agotan en tal inhibición de sus instintos sexuales todas las energías, que de otro modo aplicarían su labor cultural. Quedan reducidos a su propia lucha interior y paralizados para toda acción exterior. Se da en ellos el mismo caso que más adelante volveremos a hallar al ocuparnos de la abstinencia exigida en el tercer grado cultural.

Dado un instinto sexual muy intenso, pero perverso, pueden esperarse dos desenlaces. El primero, que bastará con enunciar, es que el sujeto permanezca perverso y condenado a soportar las consecuencias de su divergencia del nivel cultural. El segundo es mucho más interesante, y consiste en que, bajo la influencia de la educación y de las exigencias sociales, se alcanza, sí, una cierta inhibición de los instintos perversos, pero una inhibición que en realidad no logra por completo su fin, pudiendo calificarse de inhibición frustrada. Los instintos sexuales, coartados, no se exteriorizan ya, desde luego, como tales -y en esto consiste el éxito parcial del proceso inhibitorio-, pero sí en otra forma igualmente nociva para el individuo y que le inutiliza para toda labor social tan en absoluto como le hubiera inutilizado la satisfacción inmodificada de los instintos inhibidos. En esto último consiste el fracaso parcial del proceso, fracaso qué a la larga anula el éxito. Los fenómenos sustitutivos, provocados en este caso por la inhibición de los instintos, constituyen aquello que designamos con el nombre de nerviosidad y más especialmente con el de psiconeurosis. Los neuróticos son aquellos hombres qué, poseyendo una organización desfavorable, llevan a cabo, bajo el influjo de las exigencias culturales, una inhibición aparente, y en el fondo fracasada, de sus instintos, y qué, por ello, sólo con un enorme gasto de energías y sufriendo un continuo empobrecimiento interior pueden sostener su colaboración en la obra cultural o tienen que abandonarla temporalmente por enfermedad. Calificamos a las neurosis de «negativo» de las perversiones porque contienen en estado de «represión» las mismas tendencias, las cuales, después del proceso represor, continúan actuando desde lo inconsciente.




(Continúa)