jueves, 20 de octubre de 2011

AUTOEROTISMO

Debemos dedicar toda nuestra atención a este ejemplo. Hagamos resaltar, como el carácter más notable de esta actividad sexual, el hecho de que el instinto no se orienta en ella hacia otras personas. Encuentra su satisfacción en el propio cuerpo; esto es, es un instinto autoerótico para calificarlo con el feliz neologismo puesto en circulación por Havelock Ellis. Se ve claramente que el acto de la succión es determinado en la niñez por la busca de un placer ya experimentado y recordado. Con la succión rítmica de una parte de su piel o de sus mucosas encuentra el niño, por el medio más sencillo, la satisfacción buscada. Es también fácil adivinar en qué ocasión halla por primera vez el niño este placer, hacia el cual, una vez hallado, tiende siempre de nuevo. La primera actividad del niño y la de más importancia vital para él, la succión del pecho de la madre (o de sus subrogados), le ha hecho conocer, apenas nacido, este placer. Diríase que los labios del niño se han conducido como una zona erógena, siendo, sin duda, la excitación producida por la cálida corriente de la leche la causa de la primera sensación de placer.
En un principio la satisfacción de la zona erógena aparece asociada con la del hambre. La actividad sexual se apoya primeramente en una de las funciones puestas al servicio de la conservación de la vida, pero luego se hace independiente de ella. Viendo a un niño que ha saciado su apetito y que se retira del pecho de la madre con las mejillas enrojecidas y una bienaventurada sonrisa, para caer en seguida en un profundo sueño, hemos de reconocer en este cuadro el modelo y la expresión de la satisfacción sexual que el sujeto conocerá más tarde. Posteriormente la necesidad de volver a hallar la satisfacción sexual se separa de la necesidad de satisfacer el apetito, separación inevitable cuando aparecen los dientes y la alimentación no es ya exclusivamente succionada, sino mascada.
El niño no se sirve, para la succión, de un objeto exterior a él, sino preferentemente de una parte de su propio cuerpo, tanto porque ello le es más cómodo como porque de este modo se hace independiente del mundo exterior, que no le es posible dominar aún, y crea, además, una segunda zona erógena, aunque de menos valor. El menor valor de esta segunda zona le hará buscar posteriormente las zonas correspondientes de otras personas; esto es, los labios. (Pudiera atribuirse al niño la frase siguiente: «Lástima que no pueda besar mis propios labios.») No todos los niños realizan este acto de la succión. Debe suponerse que llegan a él aquellos en los cuales la importancia erógena de la zona labial se halla constitucionalmente reforzada. Si esta importancia se conserva, tales niños llegan a ser, en su edad adulta, inclinados a besos perversos, a la bebida y al exceso en el fumar; más, si aparece la represión, padecerán de repugnancia ante la comida y de vómitos histéricos. Por la duplicidad de funciones de la zona labial, la represión se extenderá al instinto de alimentación. Muchas de mis pacientes con perturbaciones anoréxicas, globo histérico, opresión en la garganta y vómitos, habían sido en sus años infantiles grandes «chupeteadores». En el acto de la succión productora de placer hemos podido observar los tres caracteres esenciales de una manifestación sexual infantil. Esta se origina apoyada en alguna de las funciones fisiológicas de más importancia vital, no conoce ningún objeto sexual, es autoerótica, y su fin sexual se halla bajo el dominio de una zona erógena. Anticiparemos ya que estos caracteres son aplicables asimismo a la mayoría de las demás actividades del instinto sexual infantil. Continúa…
“Tres ensayos para una teoría sexual” S. Freud (1905)

viernes, 7 de octubre de 2011

CONGRESOS, ASOCIACIONES Y PUBLICACIONES




Todavía hoy leo en algunos críticos «benévolos» que el psicoanálisis tiene razón hasta determinado punto, pero que a partir de él empieza ya a exagerar o a generalizar injustificadamente. Nada más difícil, sin embargo, que establecer una tal delimitación, sobre todo cuando el que la establece no tenía semanas antes conocimiento ninguno sobre la materia. El anatema oficial contra el psicoanálisis tuvo la consecuencia de hacer más íntima y compacta la unión de los analíticos. En el segundo Congreso, celebrado en Nuremberg (1910), se constituyó a propuesta de S. Ferenczi, la Asociación Psicoanalítica Internacional, dividida en grupos locales, bajo la dirección de un presidente. Esta Asociación ha sobrevivido a la guerra; existe aún hoy en día, y comprende los siguientes grupos: Viena, Berlín, Budapest, Zurich, Londres, Holanda, Nueva York, Panamérica, Moscú y Calcuta. El primer presidente fue, a mi propuesta, C. G. Jung; elección muy desafortunada como después se demostró.
El psicoanálisis fundó entonces una segunda revista -Zentralblatt für Psychoanalyse-, redactada por Adler y Stekel, y poco después, una tercera -Imago- , dirigida por los analíticos no médicos H. Sachs y O. Rank, y dedicada a las aplicaciones del análisis a las ciencias espirituales. Poco después publicó Bleuler su escrito en defensa del psicoanálisis (El psicoanálisis de Freud, 1910).
Por muy agradable que me fuese ver entrar por fin en liza a la equidad y a la honrada lógica, el trabajo de Bleuler no llegó a satisfacerme por completo. Aspiraba, en efecto, con exceso, a una apariencia de imparcialidad, recordándome que no en vano debía el psicoanálisis a este autor la introducción del valioso concepto de la ambivalencia. En posteriores trabajos ha observado Bleuler una conducta tan contraria a las teorías analíticas, y ha puesto en duda o rechazado principios tan importantes, que llegué a preguntarme con asombro en qué podía consistir su adhesión a nuestras opiniones. Sin embargo, posteriormente ha hecho manifestaciones muy favorables a la «psicología de las profundidades» y ha fundado en ella su exposición de las esquizofrenias. Bleuler permaneció poco tiempo dentro de la Asociación Psicoanalítica Internacional, que abandonó a causa de diferencias de criterio con Jung, y Burghölzli se perdió para el análisis. Continúa…

miércoles, 5 de octubre de 2011

LAS LESIONES MUSCULARES EN BARCELONA ¿SON DIFERENTES?

Las lesiones musculares en el Fútbol Club Barcelona, nada tienen que ver con lo psicológico, según afirmó el Dr. Pruna a la pregunta de la prensa deportiva ¿hay algo de psicológico en tanta lesión muscular? en presencia de su colega el doctor Cugat, el galeno respondió concretamente: “No. Pedimos a los jugadores que no hagan ellos el diagnóstico. Que cualquier molestia que noten nos la notifiquen”.
Alega además el Dr. Pruna, que “la acumulación de partidos es la principal causa de las lesiones musculares. La exigencia y el nivel de competición provocan estas dolencias y que el mundo del fútbol está ligado a las lesiones, básicamente musculares”.
Apostillando en la entrevista el doctor Cugat: “el bíceps femoral es la lesión por excelencia del fútbol porque es la que se produce en el momento de disparar y en la arrancada en carrera”. Concretando que alrededor de 20 lesiones musculares, al año, en una plantilla como el Barcelona son la media normal y que no hay que preocuparse por esas cifras.
Los médicos del mejor equipo de fútbol del mundo, deben saber de qué hablan, cuando diagnostican una lesión deportiva, especialmente las lesiones musculares y más concretamente aquel grupo muscular que interviene en ciertas acciones como el golpeo fuerte del balón doblando la rodilla o el arranque brusco en carrera donde intervienen un conjunto de tres músculos llamado “Isquiotibiales”: Bíceps Femoral (o Crural) Semimembranoso y Semitendinoso, con inserciones en la tuberosidad del isquion (cadera) y la meseta tibial, lo que posibilita y permite actuar sincrónicamente en acciones como las descritas.
La cadera está formada por tres huesos siendo uno de ellos el isquion, en el cual nos apoyamos al sentarnos. Estos músculos isquiotibiales permiten extender la cadera, llevando la pierna hacia atrás y flexionar la rodilla, doblándola, movimientos que junto con rotaciones de cadera y rodilla, permiten la carrera y el preciso golpeo del balón en cualquier lance del juego. Cuando un futbolista se lleva la mano a la parte posterior del muslo, nos hace pensar la posibilidad de una lesión de éste tipo.
Deben ser los especialistas en medicina deportiva los que diagnostiquen estas dolencias musculares, siendo los especialistas en psicoanálisis los que deben dejar sentado a todos los profesionales que: no hay lesión muscular sin participación del psiquismo, ya que interviene en toda actividad humana y faceta deportiva. Y lo hace, a veces, en el mecanismo lesional y siempre en el pronóstico de la lesión.
Cualquier molestia previa en el deportista puede deberse, tanto a problemas musculares como a conflictos personales que inciden en el llamado entrenamiento invisible del deportista, manifestándose como efecto en el terreno de juego.
Y debo concretar y es uno de los motivos de esta carta: quiero pensar que la no presencia en la rueda de prensa de un Psicoanalista por parte del Barcelona que colaborara con respuestas más precisas a las preguntas de la prensa deportiva, puede hacer pensar que el Dr. Pruna o el Dr. Cugat desconozcan la importancia y permanente colaboración de cuerpo y mente en todos los futbolistas del Barcelona, estando seguro que el mejor club de fútbol del mundo debe tener a su disposición a los mejores profesionales posibles.
Atentamente.
Dr. Carlos Fernández
Médico Psicoanalista
Especialista en Dirección Deportiva
www.carlosfernandezdelganso.com

lunes, 3 de octubre de 2011

LA SUBLIMACIÓN Y LOS INSTINTOS SEXUALES





Nuestra cultura descansa totalmente en la coerción de los instintos. Todos y cada uno hemos renunciado a una parte de las tendencias agresivas y vindicativas de nuestra personalidad, y de estas aportaciones ha nacido la común propiedad cultural de bienes materiales e ideales. La vida misma, y quizá también muy principalmente los sentimientos familiares, derivados del erotismo, han sido los factores que han motivado al hombre a tal renuncia, la cual ha ido haciéndose cada vez más amplia en el curso del desarrollo de la cultura. Por su parte, la religión se ha apresurado a sancionar inmediatamente tales limitaciones progresivas, ofrendando a la divinidad como un sacrificio cada nueva renuncia a la satisfacción de los instintos y declarando «sagrado» el nuevo provecho así aportado a la colectividad. Aquellos individuos a quienes una constitución indomable impide incorporarse a esta represión general de los instintos son considerados por la sociedad como «delincuentes» y declarados fuera de la ley, a menos que su posición social o sus cualidades sobresalientes les permitan imponerse como «grandes hombres» o como «héroes».
El instinto sexual -o, mejor dicho, los instintos sexuales, pues la investigación analítica enseña qué el instinto sexual es un compuesto de muchos instintos parciales- se halla probablemente más desarrollado en el hombre que en los demás animales superiores, y es, desde luego, en él mucho más constante, puesto que ha superado casi por completo la periodicidad, a la cual aparece sujeto en los animales. Pone a la disposición de la labor cultural grandes magnitudes de energía, pues posee en alto grado la peculiaridad de poder desplazar su fin sin perder grandemente en intensidad. Esta posibilidad de cambiar el fin sexual primitivo por otro, ya no sexual, pero psíquicamente afín al primero, es lo que designamos con el nombre de capacidad de sublimación. Contrastando con tal facultad de desplazamiento que constituye su valor cultural, el instinto sexual es también susceptible de tenaces fijaciones, que lo inutilizan para todo fin cultural y lo degeneran, conduciéndolo a las llamadas anormalidades sexuales. La energía original del instituto sexual varía probablemente en cada cual e igualmente, desde luego, su parte susceptible de sublimación. A nuestro juicio, la organización congénita es la que primeramente decide qué parte del instinto podrá ser susceptible de sublimación en cada individuo; pero, además, las influencias de la vida y la acción del intelecto sobre el aparato anímico consiguen sublimar otra nueva parte. Claro está que este proceso de desplazamiento no puede ser continuado hasta lo infinito, como tampoco puede serlo la transformación del calor en trabajo mecánico en nuestras maquinarias. Para la inmensa mayoría de las organizaciones parece imprescindible cierta medida de satisfacción sexual directa, y la privación de esta medida, individualmente variable, se paga con fenómenos qué, por su daño funcional y su carácter subjetivo displaciente, hemos de considerar como patológicos.





De la “Moral sexual cultural y la Nerviosidad Moderna".
Sigmund Freud 1908
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